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La destrucción creadora. Gustav Klimt, el friso de Beethoven y la lucha por la libertad del arte. 6 octubre 2006 - 14 enero 2007
Friso de Beethoven
Friso (Parte central), 1902
Österreichische Galerie Belvedere

La Viena de fin de siglo

Durante los años en torno al fin del siglo XIX, Viena, la entonces capital del imperio austrohúngaro y ciudad natal de Gustav Klimt, contempló, con un grado de concentración quizá sin precedentes, el característico bullir de los grandes cambios de época: el que producen simultáneamente la destrucción y disolución de lo antiguo y la creación de lo nuevo, un espectáculo que se mantendría hasta la quiebra histórica que supuso el año 1918 para el imperio.

A las mutaciones en la sensibilidad y en las mentalidades, a los conflictos políticos entre identidades nacionales, a los cambios generacionales del Fin-de-Siècle vienés les fue íntimo, naturalmente, el hecho notable de que durante varias décadas la ciudad resultó ser un auténtico hervidero de vidas dedicadas a todas las formas de creación: científica, filosófica, literaria, musical y, desde luego, plástica. La efervescencia espiritual de Viena permitía oír, también, el rumor del advenimiento de nuevos paradigmas y el crujir –a veces con gran estrépito– de los que hasta entonces habían estado en vigor.


1894-1907, años cruciales en la vida de Klimt

El pintor Gustav Klimt estuvo en el centro mismo de esa mudanza de épocas. La vida de Klimt, especialmente entre 1894 y 1907, estuvo atravesada, como quizá la de ningún otro artista, por aquella paradójica “Schöpferische Zerstörung” (“destrucción creadora”) de la que hablaría después Joseph Schumpeter (otro vienés, que recibió la idea de Sombart, que a su vez la había heredado de Nietzsche y Schopenhauer, tan caros al Klimt de esos años). A la creación por la destrucción: Klimt, el Premio Emperador, el sucesor de Hans Makart, el pintor preferido de la rica burguesía de la Ringstrasse, el artista vienés más prometedor de la última década del XIX, tuvo primero que “morir” como maestro de la pintura historicista para “nacer” como un genio de la Gesamtkunstwerk, de “la obra de arte total” que pregonaría la Secession de la que fue fundador; paradójicamente, su nacimiento a la creación pasaría por la aceptación –y el fracaso, envuelto en polémicas– de un encargo del mismo Estado.

Y es que los sucesos de la vida de Klimt entre 1894 y 1907 significaron una auténtica cesura en su obra: las duras polémicas, tanto en la prensa como en los medios políticos, en torno a las monumentales pinturas encargadas por el Estado a Klimt para el techo del Aula Magna de la Universidad de Viena, y también a propósito de su pintura mural dedicada a Beethoven en la XIV Exposición de la Secession, en 1902, pueden considerarse una auténtica cifra de lo que, más que un cambio de siglo, era la reorganización de todo un mundo. Las querellas y polémicas provocaron el alejamiento entre el artista y el poder político, y no pasaron por él sin dejar huella: Klimt, que hasta ese momento había cumplido con gran éxito encargos decorativos, se verá afectado por una profunda crisis personal, que finalmente le llevará a retirarse de todo encargo público y le convertirá en un pintor de lo privado: de retratos y paisajes.

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