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De la autonomía del arte a su aplicación a la vida cotidiana*

Manuel Fontán del Junco


La exposición La vanguardia aplicada (1890-1950) pretende presentar —de manera, si no exhaustiva, sí por lo menos amplia, concentrada e intensa— una buena muestra de ejemplos de una manifestación del arte de las vanguardias históricas que suele relegarse a un segundo plano. Dicha manifestación es, al mismo tiempo, la menos "artística" (en el sentido moderno de la palabra "arte") y la más novedosa del legado vanguardista. Se trata, en efecto, de la resultante histórica de la "aplicación", a una serie de ámbitos de la vida humana y a través de determinados medios, de aquellos ideales —los mismos que llenaron sus manifiestos de proclamas y lemas ambiciosos y radicales— que determinaron la actividad de las vanguardias históricas en el terreno estricto del arte, de la tradición del arte "puro" heredada de la modernidad.

Los espacios en los que las vanguardias históricas "aplicaron" sus ideales eran, en definitiva, todos aquellos que constituyen la estructura de la vida en sociedad: el recinto doméstico, el de la organización social en todos sus aspectos —destaca lo relacionado con el urbanismo y la arquitectura, desde la vivienda particular a edificios y espacios públicos—, el orden político e ideológico, las instituciones educativas, la religión, el mercado, la difusión de las ideas, el entretenimiento y el ocio, el deporte… en suma, todas las esferas que, entrelazadas, configuran el entramado de la vida humana. Para la "aplicación" de sus ideales de transformación social, la vanguardia se sirvió también de todos aquellos medios (de representación, comunicación y difusión) tradicionalmente considerados secundarios respecto al medio privilegiado y superior de representación, el constituido por los géneros clásicos del gran arte, la pintura y la escultura. Los medios a los que la vanguardia se aplicó con fruición fueron, novedosamente, el cartel y el panfleto, el periódico y la revista, el libro, la imagen fotográfica, la imagen fotográfica fragmentada y manipulada (el fotomontaje) y la imagen fotográfica en movimiento (el cine). Y esa "aplicación" derivó en un número ingente de obras, en una verdadera apoteosis de juegos de formas y signos presentes en ámbitos hasta entonces alejados de la práctica artística; muy singularmente, y de manera en absoluto casual, en el ámbito del lenguaje escrito, del texto.

Junto a su actividad en el marco del arte propiamente dicho, las vanguardias históricas se "aplicaron" a todos esos ámbitos empleando esos medios, y este es quizá el hecho más novedoso y determinante del profundo cambio conceptual que se produjo, a principios del siglo pasado, en la comprensión del arte y del sentido de la actividad artística heredada de la modernidad.

Quisiera llamar la atención sobre el hecho de que el presunto carácter secundario de las manifestaciones de lo que hemos llamado vanguardia "aplicada" es también una condición propia de ese arte presuntamente primordial, "puro". De que, en definitiva, hasta el advenimiento de las vanguardias históricas, lo que consideramos arte puro ha sido siempre antes una suerte de diseño despojado de su primigenia función.

Las estéticas modernas acabaron configurando una noción formalista de la obra de arte como una realidad autónoma, pura. La moderna conciencia estética hizo que el arte y su producto, la belleza, consistieran, como reza una de sus más famosas definiciones, en una "finalidad sin fin", en una representación del mundo de lo humano o de la naturaleza con la única función de ser contemplada.

Algunos movimientos nacidos entre finales del XIX y principios del XX —como la Secession vienesa o el movimiento Arts and Crafts y, sobre todo, las vanguardias históricas, desde el futurismo al neoplasticismo, pasando por el dadaísmo y el constructivismo— acentuaron, en parte, aquella moderna autonomía del arte. Las vanguardias históricas irrumpieron, pues, en la conciencia moderna sometiendo a las estéticas que la habían configurado a un baño de realidad: irrumpieron con sus proclamas, muy diversas entre sí, pero reconducibles todas al intento de reintegrar el arte y la belleza en el espacio y el tiempo de la vida humana, en todos sus ámbitos y a través de todos los medios disponibles, incluyendo la incorporación directa de fragmentos de esa vida en el propio arte (como el trozo de periódico o de objeto en el collage, sobre el lienzo tradicional) o incluso de enteros objetos de la vida en los espacios propios del arte (como la decisión de situar un pissoir en el espacio museal).


*Extracto del ensayo La vanguardia aplicada,1890-a950 (instrucciones de uso), publicado en el catálogo.