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La colección

Miquel Barceló

Felanitx (Mallorca), 1957

Miquel Barceló, que en 2003 obtuvo el Premio Príncipe de Asturias de las Artes, es uno de los artistas españoles más relevantes de su generación. Fue en 1982 cuando, gracias a la muestra de La Caixa Otras figuraciones, oímos hablar por vez primera de este creador que entonces tenía veinticinco años y residía en Barcelona. Luego todo fue rapidísimo: la participación en la Documenta de Kassel de ese mismo año, las exposiciones en Nápoles (Galleria Lucio Amelio) y en París (Galerie Yvon Lambert), el contrato con el marchand suizo Bruno Bischofberger, el salto a Nueva York de la mano de Leo Castelli... Todo ello sobre el telón de fondo de la irrupción de la transvanguardia italiana y de los nuevos salvajes alemanes.

"La flaque" [La charca]
La flaque [La charca], 1989

En los lienzos de Barceló de comienzos de los ochenta, pintados con desenfado, cargados de materia, poblados por animales domésticos, todavía era posible detectar cierto tono agresivo y provocador, heredado de sus tiempos conceptuales de la revista Neón de Suro y la muestra Cadaverina 15 (Museu de Mallorca, 1976). Pronto la provocación dejó su sitio a una fortísima vocación de pintor, y de pintor culto y relativamente tradicional, amigo de figuras, bodegones, paisajes y marinas. Series espléndidas, muy sintomáticas de su evolución –y muy autobiográficas: los personajes de Barceló casi siempre tienen algo de autorretratos– fueron la de las bibliotecas (1984) y la del Louvre (1985). Además de en las grandes metrópolis donde hay museos y bibliotecas, como París y Nueva York, su geografía se desplaza a lugares periféricos: su isla natal; la localidad costera portuguesa de Vila Nova de Milfontes, donde se retiró durante parte del año 1984; Gao, en Mali, a orillas del río Níger; Tánger, donde trató a Paul Bowles...

La flaque es uno de los cuadros realizados por Barceló inmediatamente después de su primera estancia en Gao, acaecida en 1988, que integraron sus exposiciones de aquel año. La "anécdota" que sirve de punto de partida es, como su título indica, una charca en el desierto. Una charca, un espejismo, "el horizonte quimérico". La tensión nace aquí del contraste entre la materia y una búsqueda del blanco, del vacío, de la transparencia, que tiene algo de ascesis mística. Por lo demás, Barceló ha sido el primero en recordarnos que ya es "demasiado mayor para jugar al pequeño Rimbaud".

Juan Manuel Bonet

El enorme éxito internacional cosechado por Miquel Barceló se debe en buena medida a la fuerza plástica de sus pinturas, a la originalidad del repertorio de temas característicos y a una técnica basada en ciertos recursos, como el dominio de la perspectiva aérea, desde la que suele ofrecer visiones picadas de espacios difíciles de representar –como son el desierto en el cuadro titulado La flaque [La charca] (1989)– y el paso de las escalas minúsculas a las cósmicas, mostrando tanto objetos de presencia inmediata como lugares inmensos, como el mar que carece de límites concretos.

"Constel·lació núm. 4 (Forat blanc)", [Constelación n.º 4 (Agujero blanco)], 1989
Constel·lació núm. 4 (Forat blanc)
[Constelación n.º 4 (Agujero blanco)], 1989

En el caso de Constel·lació núm. 4 (Forat blanc), palabra que parece sacada del mundo mítico de otro gran pintor mallorquín, Joan Miró, nos enfrenta a un espacio cosmogónico, sin límites ni referencias a un lugar concreto o una escala determinada, en el que todo parece girar en torno a un gran agujero blanco, como si fueran planetas o estrellas que forman una constelación lechosa alrededor de un gran vacío central. Sin embargo, algunas protuberancias matéricas del cuadro parecen proyectar sombras sobre la tela que sugieren formas de libélulas o insectos voladores, lo que situaría esta constelación en la escala de lo minúsculo.

Pero si comparamos esas protuberancias que, como excrecencias, pueblan la tela del cuadro, con las que aparecen en La flaque, podríamos interpretar este espacio como la consecuencia de un espejismo producido por la luz del desierto, donde las piedras sobre el suelo, de cegadora arena, parecen haberse puesto a girar ante nuestros ojos. En este cuadro, lo cósmico y lo terrenal se dan la mano.

Javier Maderuelo

A pesar de que Miquel Barceló ha habitado y poseído estudio en lugares tan dispares como París, Sicilia o Mali, de los que ha sabido tomar motivos de inspiración para sus cuadros, el hecho de haber nacido en Mallorca, en el centro mismo del Mediterráneo, ha marcado la cultura y la obra de este artista que empezó muy joven a pintar paisajes de su isla para recurrir después a representar temas marinos, como peces y moluscos o, sin más rodeos, el mismo mar, por no hablar de la presencia en sus cuadros de la particular luminosidad de las Islas Baleares.

"Gran fons submarí", [Gran fondo submarino], 1996
Gran fons submarí,
[Gran fondo submarino], 1996

En Gran fons submarí se puede degustar todo ese mundo marino que, como un tema mítico, atraviesa su pintura. Es como si aquí el pintor se hubiera sumergido en las profundidades del océano para desvelarnos, con los ojos escrutadores de una revelación poética, los misterios que duermen en las silentes laderas de una sima abismal. Para ello Barceló recurre al empleo de una materialidad densa que se concreta en el espesor y la carnosidad de una pintura que responde a la idea de filamentos, de algas o sargazos que ofrecen un cromatismo verdoso, oscuro y misterioso, tan misterioso como el propio arte de la pintura.

Aunque la materia, rugosa o viscosa, se hace presente en toda la obra de Barceló, no hay que dejar de valorar tampoco el tamaño de muchas de sus pinturas. En este cuadro, de más Miquel Barceló Felanitx (Islas Baleares), 1957 de tres metros y medio de ancho y una altura superior a la estatura de un hombre, el espectador se ve rodeado de materia y literalmente sumergido en el magma marino, generando sensaciones hápticas, como si el pintor hubiera querido que sintiéramos la humedad y la presión del agua en el fondo del mar.

Javier Maderuelo

Cronológicamente los fondos de este museo comienzan con un aguafuerte que Pablo Picasso grabó en 1904 y concluyen, por ahora, con una cerámica que Miquel Barceló realizó en el año 2000. Entre estas dos obras han sucedido en España muchos acontecimientos artísticos de muy diferente signo, pero un mismo aliento parece unir el trabajo de Picasso con el de Barceló. Sin duda, son innumerables los artistas que durante el largo siglo xx han pretendido emular el periplo creador de un Picasso, que ha sido un indiscutible genio innovador como pintor, escultor y grabador, además de un consumado ceramista que hizo de este noble oficio un gran arte. Con esos antecedentes, no es, por lo tanto, extraño que Barceló haya sido también tentado por la cerámica como medio de expresión artística.

"Grand pot avec crânes sur 1 face", [Gran vasija con cráneos en 1 lado], 2000
Grand pot avec crânes sur 1 face,
[Gran vasija con cráneos en 1 lado], 2000

La contundencia de la materialidad que se aprecia en la pintura de Barceló, que le ha llevado a desbordar los límites del cuadro y a convertir la superficie plana de las telas en excrecentes volúmenes, sin duda le han conducido a la necesidad de trabajar con la materia de una manera más física, amasando y modelando con las propias manos el barro que, respondiendo a la presión de los dedos, va cobrando forma concreta.

Muy probablemente sus prolongadas estancias en Mali, donde la relación de los hombres con la tierra es directa e intensa y donde las industrias son primitivas –entendiendo aquí lo primitivo en el sentido de primigenio– hayan conducido al artista mallorquín a conformar unas piezas cerámicas que se caracterizan por su inmediatez e intuición plástica, en las que se conserva toda la fuerza de lo primigenio y de la tradición popular, estando a la vez cargadas de significados actuales y dotadas de formas vanguardistas.

Javier Maderuelo

Este texto sólo puede reproducirse citando su procedencia:
Catálogo del Museu Fundación Juan March, Palma de Mallorca.