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La colección

Eduardo Chillida

San Sebastián, 1924 - 2002

Tras una juventud durante la cual estudió arquitectura y jugó como portero en la Real Sociedad, el equipo de fútbol de su ciudad natal, Eduardo Chillida empezó a dedicarse a la escultura. En París, adonde en 1948 trasladó su residencia, conectó con el idioma de la modernidad y conoció a algunos de sus protagonistas. Su esencial Torso en yeso, de ese mismo año, evoca la estatuaria arcaica griega.

"Elogio del hierro", 1956
Elogio del hierro, 1956

A su regreso, Chillida empezó a trabajar el hierro en una herrería de Hernani. La primera obra que ahí nació fue una estela, Ilarik (1951). Tanto esas piezas aurorales como las que produjo en la forja que instaló poco después en su taller tienen algo de la escueta y ruda apariencia de los aperos de labranza.

La primera individual de Chillida se celebró en 1954 en la Librería Clan de Madrid. Al año siguiente expuso en la Galerie Maeght de París, siendo el filósofo Gaston Bachelard el encargado de glosar en el catálogo este "cosmos del hierro". En 1958 obtuvo el Gran Premio Internacional de Escultura de la Bienal de Venecia.

Con el paso del tiempo, la meditación chillidesca sobre el espacio se extendió a otros materiales, como la madera –Abesti gogorra IV [Canto rudo IV] (1964; Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca)–, el alabastro –sus purísimos y transparentes homenajes a la arquitectura, a Vasili Kandinsky, a Johann Wolfgang von Goethe, que se escalonan entre 1965 y 1979–, el mármol, el granito, la terracota, el acero corten –sus Mesas y Estelas–, el papel e incluso el hormigón, con dos piezas en lugares públicos de Madrid, Lugar de encuentros III (1972) y Lugar de encuentros V (1975), y otras para Fráncfort, Guernica o Gijón.

Elogio del hierro es una de las grandes esculturas del periodo en el que Chillida sienta las bases de su obra. Del mismo modo que no cabe entenderla sin su entroncamiento con lo mejor de la modernidad europea, es igualmente imposible prescindir de su enraizamiento en la cultura vasca, simbolizado en su regreso a Guipúzcoa y en su trabajo de forja.

Juan Manuel Bonet

En la extensa producción de Eduardo Chillida ocupan un lugar destacado las obras proyectadas para lugares públicos. Él fue capaz de generar un empuje que ha permitido dar un vuelco al desprestigiado campo de la estatuaria urbana y monumental. Sirvan como ejemplo sus conocidas obras tituladas El peine del viento, una en la Plaza del Tenis de San Sebastián y la otra en la Plaza de los Fueros de Vitoria, ambas realizadas en colaboración con el arquitecto Luis Peña Ganchegui, que constituyen dos de los ejemplos más logrados del "arte público" en España.

Proyecto para el "Arco de la
Libertad II", 1980
Proyecto para el Arco de la Libertad II, 1980

Los problemas que plantea la producción de obras para espacios públicos tienen que ver con la escala, la adecuación al lugar, la presencia física, la capacidad de significar, la potencia de la forma, la expresividad, etcétera. Con sorprendente habilidad Chillida ha sabido dar respuesta, la mayoría de las veces, a todos estos problemas gracias a su poderosa facultad de formalización, creando obras de una presencia contundente y de una expresividad emotiva, conseguida por medio de un repertorio de elementos estilísticos muy característicos que, en buena medida, provienen de la experiencia adquirida desde joven en el trabajo de forja, donde se giran, comprimen, comban y torsionan palastros de hierro. Con el repertorio de formas propio del herrero, Chillida ha elaborado este hipotético Proyecto para el Arco de la Libertad II que, a pesar de su pequeño tamaño, propio de un estudio, insinúa ya el carácter monumental y la potencia expresiva que deberá adquirir al ser realizado en una escala convenientemente ampliada.

Javier Maderuelo

La idea de espacio se puede interpretar como una vasta extensión sin límites ni referencias, amorfa e infinita, pero desde el punto de vista de la percepción sensorial el espacio solo es reconocible por la existencia de unos límites. En este sentido, el espacio es un hueco que se abre físicamente en la materia, es el vacío que queda entre la masa impenetrable. Al menos así es como lo interpretaba Eduardo Chillida cuando surcaba enormes planchones de hierro, abriendo en ellos potentes grietas, o cuando tallaba informes bloques de alabastro, como el de Mendi Huts II.

"Mendi Huts II" [Montaña vacía II], 1990
Mendi Huts II [Montaña vacía II], 1990

En esta obra, frente al aspecto tosco e impreciso de una roca apenas desbastada, contrasta el potente trazo geométrico y ortogonal de unas superficies impecablemente pulidas que determinan unos espacios interiores con indudable vocación de ser habitables, configurados por estancias y pasillos, que permiten calificar esta escultura de protoarquitectónica. En cualquier caso, con ella se pone en evidencia la capacidad que posee el arte de transformar la naturaleza. Así, la voluntad de formalizar, que es propia del ser humano, es expresada por el escultor a través de tajos de una contundente geometría que convierten una piedra veteada, de apariencia exterior tosca e irregular, en una joya de indudable atractivo plástico. El arte no es, pues, otra cosa que la tensión generada entre las rígidas estructuras del pensamiento racional impuestas a las formas contingentes de la naturaleza.

Javier Maderuelo

Este texto sólo puede reproducirse citando su procedencia:
Catálogo del Museu Fundación Juan March, Palma de Mallorca.