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La colección

Jorge Oteiza

Orio (Guipúzcoa), 1908 - San Sebastián, 2003

Con independencia del valor plástico intrínseco que pueda poseer cada una de las obras de Jorge Oteiza, su trabajo cobra un enorme interés por desarrollarse como una larga investigación. En ella el artista partió de las formas tradicionales de la estatuaria, es decir, de la figura humana, que fue simplificando y reduciendo a formas primarias esquemáticas, indagando en las manifestaciones estéticas de la prehistoria del País Vasco hasta llegar a desarrollar un repertorio de formas abstractas de carácter geométrico e inspiración constructivista.

"Sólido abierto con módulo de luz,", 1957
Sólido abierto con módulo de luz, 1957

En el conjunto de su obra se aprecia, con enorme coherencia, lo que el propio Oteiza denominó un "propósito experimental" que le condujo a investigar sobre las cualidades del espacio real. Para ello empezó abriendo el interior de las figuras, haciendo canaladuras y perforaciones en la masa, reflexionando sobre el hueco, para llegar a destilar una expresividad carente de significación que se plasma en un repertorio formal inédito en los años cincuenta.

Una muestra de este tipo de trabajos es el denominado Sólido abierto con módulo de luz, monolito calizo, realizado tallando directamente la piedra, que puede ser interpretado como la simplificación abstracta de una figura humana erecta. Esa figura ha sido metamorfoseada y se ha convertido en un prisma cuyas caras presentan un dinamismo producido por el empleo de una geometría irregular. Oteiza ha acanalado y perforado las superficies de esas caras, tersamente acabadas, añadiendo así una contenida expresividad al volumen. Interesado más en el espacio que en la masa, la verticalidad de la figura, el acabado terso de sus caras y los perfiles netos en sus aristas evitan que la expresividad de la obra se apoye en las cualidades de la materia o en el peso de su masa.

Javier Maderuelo

De todos los artistas españoles que fueron descubiertos por el público europeo y americano de los años cincuenta, Jorge Oteiza era el más veterano, el que llevaba más años batallando en la escena del arte moderno. Antes de la guerra, había sido uno de los nombres destacados de la frágil vanguardia vasca. Entre 1935 y 1948 peregrinó por el Nuevo Mundo.

"Caja vacía", Cuarta versión de una serie de ocho ejemplares. ca. 1974-1979
"Caja vacía", Cuarta versión de una serie de ocho ejemplares. ca. 1974-1979

A su vuelta, Oteiza, además de cerrar la etapa que acababa de dejar atrás con su libro Interpretación estética de la estatuaria megalítica americana (1952), comenzó una reflexión a fondo en torno a la cultura vasca. La primera de las muchas polémicas en las que se vería envuelto fue una controversia casi teológica en relación con el friso de los apóstoles que realizó para la basílica de Aránzazu (Guipúzcoa). Durante los años cincuenta ejerció una gran influencia sobre el Equipo 57 cordobés y sobre el grupo valenciano Parpalló. Su obra de aquel tiempo –tanto las estelas como las cajas– constituye una aportación de primer orden a la tradición que arranca en el constructivismo ruso y conduce hacia el arte minimal.

En 1959, dos años después de que le otorgaran el Premio Internacional de Escultura de la Bienal de São Paulo, Oteiza anunció su decisión de retirarse de la escena artística. Por ventura su silencio no fue total: a partir de 1972 trabajó en su Laboratorio de tizas y en la realización de proyectos pendientes.

La retrospectiva más completa de Oteiza en vida fue la que, bajo el título Propósito experimental, organizó La Caixa en 1988, en su sede madrileña. La comisarió Txomin Badiola, uno de los artistas vascos que han reivindicado el ejemplo del sénior y el libro del propio Oteiza Quousque tandem...! Ensayo de interpretación estética del alma vasca (1963). También en 1988 el escultor representó a España, en compañía de Susana Solano, en la Bienal de Venecia.

Esta obra remite a uno de los ciclos oteizianos más importantes, el de las Cajas metafísicas (1956-1957). Dentro de este ciclo encontramos cajas en homenaje a Diego Velázquez, Stéphane Mallarmé y Kazimir Malevich. Como artistas del vacío ve él a los tres homenajeados en el ciclo de las cajas, en las que ya se definía un vacío cúbico a partir de planos metálicos.

Juan Manuel Bonet

Este texto sólo puede reproducirse citando su procedencia:
Catálogo del Museu Fundación Juan March, Palma de Mallorca.