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La colección

Antonio Saura

Huesca, 1930 - Cuenca, 1998

Ismos (1931), de Ramón Gómez de la Serna, fue la puerta por la que el entonces jovencísimo Antonio Saura, recluido en su ciudad natal y postrado en la cama por una enfermedad, entró en el arte moderno. Sus primeras tentativas, tanto en el terreno de la pintura como en el de la poesía –véase su texto automático Programio (1951)–, fueron surrealistas. En 1953, tras organizar la colectiva Arte fantástico (Librería Clan, Madrid), se marchó a París. Ahí se incorporó por un tiempo al grupo surrealista. Aquella ortodoxia pronto le pareció demasiado teñida de nostalgia. Su exposición de 1956 en el Museo de Arte Moderno fue la primera manifestación del action painting que pudo contemplarse en Madrid.

"Dea", 1959
Dea, 1959

Entonces convivían en la pintura de Saura esquemas puramente abstractos, de carácter automático, gestual, y otros inspirados en la realidad, que terminarían por imponerse. Las mujeres ocupan un lugar importante en la obra del pintor: Damas, desde mediados de los años cincuenta; Retratos imaginarios, a partir de 1958, y ya a mediados de los sesenta, Mujeres en el sillón. De un humor feroz son sus multicolores Cocktail Parties [Cócteles].

En tono noventayochista, retrató a personajes de la historia española, mostrando especial predilección por la figura de Felipe II (véase, por ejemplo, Sarcófago para Felipe II, 1963; Museo de Arte Abstracto Español, Cuenca). Ilustró con aguafuertes los Sueños de Francisco de Quevedo y, con dibujos, el Quijote. También dio muchas vueltas al Perro semihundido de Francisco de Goya y al Cristo de Diego Velázquez.

Después de El Paso no le volvió a tentar la acción colectiva, pero siguió pendiente del mundo, y ahí están sus textos, los cursos que organizó en torno a la obscenidad en el arte o a la relación pintores-escritores, su libelo Contra el Guernica (1982) o la muestra zaragozana que comisarió en 1996, Después de Goya: una mirada subjetiva.

Dea es uno de los más fulgurantes retratos imaginarios femeninos saurescos. El rostro de la mujer, monstruoso, de tamaño desmesurado y dentadura caballuna, es pretexto para una acción. El cuerpo, que en otros casos adquirirá una agresiva presencia sexual, aquí es apenas sugerido por un par de pinceladas esquemáticas. La gama cromática queda reducida al máximo, al contraste entre el negro del fondo y el blanco luminoso que perfila la figura, que tiene algo de relámpago en la tormenta.

Juan Manuel Bonet

Este texto sólo puede reproducirse citando su procedencia:
Catálogo del Museu Fundación Juan March, Palma de Mallorca.