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La colección

Soledad Sevilla

Valencia, 1944

Influida en sus comienzos por el rigor geométrico del constructivismo, desde principios de los años ochenta, Soledad Sevilla ha desarrollado estructuras planas partiendo de formas geométricas que se repiten y superponen, pasando después a pintar con la luz. La luz es el agente físico que hace visibles los objetos y las formas al ojo humano, pero este complejo mecanismo de la visión es descodificado por el cerebro que interpreta los estímulos luminosos perfilando contornos para las cosas y jerarquizando el espacio. Parece como si a Sevilla no le interesaran esos perfiles externos de los objetos, sino solo el halo luminoso, escurridizo y mutable que de ellos emana. Por eso, al plantear sus series de cuadros, las figuras y los motivos de los que parte pierden previamente la definición de sus contornos para reducirse a una vibración luminosa que la artista consigue al cruzar tramas de líneas paralelas que, por sí solas, sugieren distintas profundidades del plano, según la diferente intensidad de una luz que, en sus cuadros, atraviesa el espacio y el tiempo.

"Mi fuente un agua le da sin impureza, clara y dulce" (Serie "La Alhambra"), 1985
Mi fuente un agua le da sin impureza, clara y dulce
(Serie La Alhambra), 1985

Hay espacios que pueden ser recreados por su luz. En ellos, la luz modela la profundidad generando la sensación de distancia entre los distintos planos. Uno de esos espacios paradigmáticos es el que Sevilla representa partiendo de la obra de Diego Velázquez Las meninas (1656); otros espacios, esta vez reales, son las estancias del palacio nazarí de la Alhambra. En ambos, la profundidad viene determinada por los sucesivos planos luminosos que los atraviesan. Sevilla se ha fijado en estos dos ejemplos y los ha tomado como modelo para dos de sus series de pinturas más interesantes.

Javier Maderuelo

Este texto sólo puede reproducirse citando su procedencia:
Catálogo del Museu Fundación Juan March, Palma de Mallorca.