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La colección

Gustavo Torner

Cuenca, 1925

Este cuadro de Gustavo Torner expresa la tensión paradójica entre una pintura que carece de referencias paradigmáticas, lo que la sitúa en el mundo de las ideas abstractas, y la realidad objetiva de la materia física y mundana. Al igual que sucede con la obra del pintor norteamericano Frank Stella, que en estos años afirmaba: "Mi pintura se basa en el hecho de que solo aparece en ella lo que se puede ver [...]. Lo que ves es lo que ves", en obras de Torner, como esta, debemos prestar atención a lo que en ella está presente y se ve, ya que la obra carece de cualquier voluntad alegórica fuera de sí misma.

"Rojo partido aplasta a plomo", 1966
Rojo partido aplasta a plomo, 1966

Nos encontramos con una superficie plana, pintada en un tono rojo sobre una plancha rígida de conglomerado. Ese terso campo de color, con ligeros matices en su pigmentación, queda surcado por una fina línea recta horizontal, trazada en un tono verde, complementario del rojo, que divide al cuadro en dos partes iguales. Como contraposición a la línea horizontal la superficie ha sido seccionada verticalmente. El conglomerado ha sido cortado en dos piezas idénticas y entre ellas se ha colocado una irregular tubería de plomo que ha sufrido deformaciones y se encuentra aprisionada entre las dos planchas.

Tres elementos de diferente entidad se combinan en este cuadro para construir su composición: el cromatismo, la geometría y la materialidad, que se presentan como binomios antagónicos en un juego entre contrarios: lo cálido y lo frío, lo terso y lo rugoso, lo rígido y lo maleable. Cada una de estas cualidades dialécticas ocupa un lugar preciso en la trama según sea su intensidad plástica.

Javier Maderuelo

Gustavo Torner hizo compatible hasta 1965 su dedicación a la pintura y su profesión de ingeniero de montes. Fue en 1951 en Teruel, donde residía por motivos de trabajo, cuando comenzó a pintar de un modo más sistemático. En 1953 regresó a Cuenca. La textura de sus primeros cuadros abstractos sugiere fragmentos de la naturaleza contemplados de cerca: rocas, tierras, musgos...

Sus lecturas de Jorge Luis Borges o T. S. Eliot, su interés por la música dodecafónica, su atención al arte de sus coetáneos –que le llevaría a ser codirector del Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca y más tarde asesor para temas artísticos de la Fundación Juan March–, son rasgos definitorios de la personalidad de este artista e intelectual, académico de San Fernando, y que hoy cuenta con una Fundación en su ciudad natal. En torno a 1960 ya estaban sentadas las bases del "sistema Torner", caracterizado por la contraposición entre dos zonas horizontales superpuestas: la una rugosa y la otra lisa, la una de metal impoluto y la otra de metal oxidado, la una de tierra y la otra de tierra mezclada con raíces, y así sucesivamente.

"La princesa y el dragón", 1989
La princesa y el dragón, 1989

Exposiciones como la de los Homenajes (celebrada en la Galería Juana Mordó de Madrid en 1968) o la que se basó en sus impresiones de un viaje a Japón en compañía de Fernando Zóbel (en la misma galería en 1971) son hitos en la trayectoria de Torner, como lo son sus libros de serigrafías Heráclito (1965), Vesalio, el cielo, las geometrías y el mar (1967) y Sur-géométries [Sobre geometrías] (1972), o sus esculturas monumentales –la más antigua la realizó en la serranía de Cuenca para conmemorar el VI Congreso Mundial Forestal celebrado allí en 1966–.

La princesa y el dragón es una escultura que juega con la idea de la dualidad, idea que, como ya ha quedado indicado, es cara a este artista: encuentro, yuxtaposición de realidades que se contraponen y complementan.

Juan Manuel Bonet

Este texto sólo puede reproducirse citando su procedencia:
Catálogo del Museu Fundación Juan March, Palma de Mallorca.