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La colección

Fernando Zóbel

Manila, 1924 - Roma, 1984

Fernando Zóbel empezó a centrar su proyecto a mediados de los años cincuenta. Estudiante en Harvard, fue la contemplación de las obras de los expresionistas abstractos de aquel país lo que determinó, en 1955, el rumbo de su pintura, que hasta entonces había sido figurativa. Esa orientación no hizo sino confirmarse en España, donde aquel mismo año entró en contacto con algunos de los informalistas. Como es bien sabido, además de incorporarse a esa tendencia, sería, con el tiempo, su principal coleccionista. En 1961 fijó definitivamente su residencia en Madrid. El Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, que abrió sus puertas en 1966 y que poco antes de la muerte de su fundador fue donado por este a la Fundación Juan March, es el principal símbolo de ese compromiso de Zóbel con el arte de su generación.

"La vista XXVI", 1974
La vista XXVI, 1974

A finales de los años cincuenta el universo plástico zobeliano ya estaba definido. En sus Saetas (serie iniciada hacia 1957) negras sobre el lienzo blanco lo que le interesaba era potenciar las posibilidades sígnicas, gestuales, caligráficas de la pintura, y para ello recurrió a la jeringuilla, un instrumento que le permitía, además de pintar con presteza y a la vez con precisión, contar con el tipo de hallazgos que depara el azar.

Bajo esos cuadros, todavía abstractos, late un empeño paisajístico, subrayado a veces por el título. A Zóbel le atraían sobre todo dos paisajes: el de Castilla y el de la Andalucía baja, esa Andalucía que rodea a Sevilla, donde tuvo uno de sus estudios.

Zóbel, de quien tanto hemos aprendido quienes tuvimos la suerte de tratarle, era hombre de gran cultura, como prueban los cuadernos de apuntes de sus visitas a los museos y las variaciones o Diálogos con la pintura de Fernando Zóbel (1978) a partir de cuadros de algunos maestros de antaño.

La vista XXVI se expuso por vez primera en la individual del mismo título celebrada ese año en la Galería Juana Mordó. Se trata de una de las obras maestras de Zóbel, en la que se equilibran a la perfección su voluntad de retener algo del temblor de lo real, del tiempo que pasa y sus preocupaciones plásticas. Si en otros cuadros coetáneos los motivos fueron el río Júcar, los sotos umbríos que crecen en sus riberas, las piedras que dificultan su curso, el paraje conocido como Recreo Peral, aquí no hizo sino abrir las ventanas traseras de su casa de la Plaza Mayor y contemplar el amplio paisaje que se divisa desde ella, las colinas, la Cuenca baja, la luz de la meseta.

Juan Manuel Bonet

Este texto sólo puede reproducirse citando su procedencia:
Catálogo del Museu Fundación Juan March, Palma de Mallorca.