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La colección

Una colección de arte español contemporáneo

A través de un limitado pero sustancial conjunto de obras cuidadosamente elegidas –básicamente pinturas y esculturas– el Museu Fundación Juan March pretende mostrar las diferentes tendencias y figuras del arte de la España del siglo xx, prestando una especial atención a lo acontecido en las últimas décadas.

Por supuesto, este breve texto, rapsódico e introductorio, no puede mencionar cada una de las obras de todos los artistas, grupos y tendencias representados en la colección por su riqueza y variedad pero también porque muchos de esos artistas, con una obra muy singular, escapan a clasificaciones excesivamente rígidas. Pero todos y cada uno de ellos han contribuido con sus obras a definir el presente de las artes en España.

Colección de arte abstracto - Museu de Palma
Colección de arte abstracto - Museu de Palma

De hecho, junto a la cualidad individual de cada una de las obras, el valor de la colección radica en su capacidad para resumir unos periodos del arte español particularmente fértiles en cuanto a producción e interesantes en su evolución, de manera que, como ha señalado Juan Manuel Bonet, un hipotético espectador sin conocimientos de lo que ha sido el arte moderno en España, estaría en condiciones –después de contemplarlas– de hacerse una idea bastante aproximada de cuál ha sido la evolución y el curso del arte moderno y contemporáneo en nuestro país, al menos en lo que a la práctica de la pintura y la escultura se refiere.

Así, resulta visible cómo todo el siglo xx quedó marcado por los descubrimientos formales y estilísticos realizados por una serie de artistas que coincidieron en París, capital de la modernidad hasta al menos la mitad del siglo pasado. Los nombres de Juan Gris, Julio González, Joan Miró y Salvador Dalí –todos ellos presentes en el museo– junto al de Pablo Picasso, se han hecho universales y ocupan un lugar privilegiado en los museos de todo el mundo al encabezar la ruptura que supusieron los movimientos de una vanguardia hoy ya clásica e histórica.

Es en la segunda mitad de ese siglo cuando el arte moderno español se expande con el desarrollo de tendencias estéticas como el informalismo, la abstracción geométrica o el realismo mágico, paralelas a los lenguajes plásticos internacionales del momento pero con carácter y expresividad propios. Uno de los aglutinadores de esa efervescencia artística de los cincuenta y los sesenta fue Fernando Zóbel, quien, en 1966, con la colaboración de los artistas Gustavo Torner y Gerardo Rueda, creó el Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, un referente tanto para el público como para los protagonistas de la escena artística española hasta la creación del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía en los años ochenta.

El Museo de Arte Abstracto Español de Cuenca, gestionado también por la Fundación Juan March –que a partir de 1980 recibió y completó la colección de Zóbel– ha sido algo así como el "hermano mayor" del Museu Fundación Juan March de Palma, constituyendo el punto de partida de su colección, desde la que, a un ritmo propio, se ha ido desarrollando un plan museográfico apropiado a sus características particulares.

Colección de arte abstracto - Museu de Palma
Colección de arte abstracto - Museu de Palma

En las salas del museo coexisten las obras de los artistas que participaron del espíritu de esas décadas y se hace visible una sugestiva red de referencias mutuas. Así, y en el contexto del informalismo, la calmada abstracción matérica de Antoni Tàpies se confronta con el grito liberador de las obras de Antonio Saura, Rafael Canogar, Manuel Millares o Luis Feito, que actualizaron los rasgos más característicos de la tradición cultural española desde la expresividad y el sentimiento.

Resulta especialmente destacable, por la calidad y cantidad de su obra expuesta, la presencia de Antoni Tàpies en el museo. Tàpies es un artista reconocido internacionalmente, que ha hecho del muro una superficie enormemente evocadora, su tema por excelencia. Con sus indagaciones sobre los elementos específicamente pictóricos ha conseguido superar el ilusionismo pictórico tradicional, mientras que su interés por la cotidianidad, por lo insignificante y por la realidad tangible de los objetos lo han acercado a la filosofía zen y a la estética de la contemplación.

Es necesario también referirse a los escultores vascos Jorge Oteiza y Eduardo Chillida, que tienen una importante presencia en el museo y que ya en la década de los cincuenta habían conseguido definir un lenguaje propio, como también lo habían hecho Tàpies y Pablo Palazuelo, este último un artista singular, con una obra de tan difícil clasificación –dominada de tal modo por un sentido lírico y transcendente de los valores geométricos y rítmicos– que resulta difícil encuadrarla dentro de la abstracción analítica.

Con el objetivo de renovar el arte y la escultura vasca a partir de la afirmación de su identidad, Jorge Oteiza investiga sistemáticamente el vacío, unas veces explorando su capacidad expresiva y otras evitando cualquier simbolismo más allá de la geometría del volumen que lo define.

Por su parte, y marcado al igual que Oteiza por un profundo ascetismo, Eduardo Chillida medita sobre el espacio y trabaja directamente el hierro y la forja para dejar constancia de la intensidad y la tensión del golpe aplicado con toda la fuerza del cuerpo. Moviéndose entre el clasicismo y el primitivismo, Chillida pone de manifiesto su interés por la naturaleza y la capacidad del hombre de convertirla en arte.

En la línea de la vivificación de la tradición cultural española, y dominada por un clima denso e inquietante, se encuentra la obra de Lucio Muñoz –que utiliza la madera como soporte para sus manifestaciones expresionistas–, y también, desde el realismo, la de Antonio López y Julio López Hernández. Estos presentan obras figurativas cargadas de un simbolismo enigmático, hermético a veces, que las vincula también a la tradición del realismo mágico. Otra forma muy diferente de ligarse a ella es la que representa José Guerrero, artista que desarrolló toda su carrera en el contexto del expresionismo abstracto norteamericano, investigando los límites y las vibraciones del color, pero sin renunciar a una cierta evocación del carácter español.

Por otra parte, oponiéndose frontalmente al informalismo, artistas como Eusebio Sempere y Andreu Alfaro, coetáneos de la abstracción geométrica internacional del momento, intentaban llevar a cabo un arte abstracto que tomaba la tradición experimental de las vanguardias constructivas como referencia. Eusebio Sempere propone un método de análisis geométrico sobre el que basa toda su producción, sea pintura, serigrafía o escultura, mientras que Andreu Alfaro dibuja en el aire con el hierro y el acero inoxidable, buscando una simplicidad y una nitidez no exentas de simbolismo. De esta manera constituyen el otro polo de la abstracción en España.

En el marco de una figuración renovada que toma partido por la cultura popular y que contiene una cierta crítica social, las obras de Eduardo Arroyo, Juan Genovés y el Equipo Crónica construyen narraciones que se refieren a situaciones vividas individual o colectivamente y que, a menudo, por los recursos plásticos que utilizan, se relacionan con el arte pop más internacional.

Colección de arte abstracto - Museu de Palma
Colección de arte abstracto - Museu de Palma

Aquellas décadas de fermentación creativa dieron lugar a un arte español contemporáneo caracterizado por una creación plástica no doctrinaria, por la convivencia de las más variadas tendencias artísticas, lo que permitió que nuevas oleadas de artistas investigaran los límites del arte y generaran nuevos lenguajes plásticos. En este sentido, a comienzos de la década de los setenta se dieron los primeros signos de la apertura a Europa y la aceptación de las tendencias más vanguardistas del arte minimal y, sobre todo, del arte conceptual; el arte español se abrió a otras corrientes experimentales, diferentes, caracterizadas por no manifestarse a través de los medios tradicionales de la pintura o la escultura.

Frente a aquella realidad, los artistas de la década de los ochenta pretendieron recuperar el protagonismo con una abstracción renovada, basada en la pintura pura. Pintores como José Manuel Broto, Miguel Ángel Campano, Gerardo Delgado y José María Sicilia presentaron sus obras en este momento, que fue de nuevo ocasión para una cierta euforia de la pintura, una euforia emanada del trabajo de artistas como Luis Gordillo y contemporánea del trabajo de figurativos como Guillermo Pérez Villalta, de abstractos como Albert Ràfols-Casamada, Jordi Teixidor y Soledad Sevilla o de las investigaciones de Juan Navarro Baldeweg o Darío Villalba.

Un caso especial en el grupo de artistas de la década de los ochenta es el del mallorquín Miquel Barceló, que en aquellos años fue considerado por muchos el prototipo del "artista joven", aunque pocos preveían la significación que tendría posteriormente en el panorama artístico nacional e internacional. Barceló ha ido, poco a poco, consolidando su lenguaje, basado en un repertorio de temas característicos extraídos principalmente de la naturaleza, y en un uso muy concreto de los recursos plásticos tradicionales, forzados hasta el extremo.

Coincidiendo con estos movimientos de retorno a la pintura pura surgió con fuerza también en los ochenta un renovado interés por la escultura. Con propuestas muy distintas, artistas como Sergi Aguilar, Juan Bordes o Susana Solano despertaron un género que parecía dormido y que, continuando el camino iniciado por las instalaciones y las intervenciones del arte conceptual, finalmente han conseguido superar los límites de la escultura tradicional y alcanzar la madurez creativa.



Fundación Juan March
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Castelló, 77 – 28006 MADRID
+34 91 435 42 40
http://www.march.es