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Joan Hernández Pijuán. La distancia del dibujo. 5 junio - 18 octubre 2008Exposición temporalMuseu d’Art Espanyol Contemporani, Palma

LOS IRIS DE PASCUA*


Por Elvira Maluquer



Joan Hernández Pijuán

La repetición, el volver sobre un mismo tema, insistir en lo conocido o evocar la memoria son constantes claramente reconocibles en toda la obra de Joan Hernández Pijuan y, de manera muy explícita, en sus series tituladas Iris, elaboradas a partir de 1994, de modo regular y como tales series, durante las vacaciones de Semana Santa y Pascua en la casa familiar de Folquer.

Los dibujos de Joan suelen ser ejercicios de memoria, realizados a partir de imágenes que encontraba en sus paseos por el campo, en su reencuentro con la naturaleza, en los lugares y los paisajes a los que tanto le gustaba regresar. En sus obras no existe, por tanto, una voluntad descriptiva, sino más bien un proceso creativo vinculado con la emoción del lugar y su evocación. Para mí –describía el propio Joan–  ese paisaje en el que he paseado y estado cientos de veces, siendo igual o siendo el mismo, siempre puede ser distinto, siempre hay un momento en que la luz cambia, en que el horizonte está más nítido… Siguiendo en esta misma dirección, continúa explicando: en la película Smoke de Wayne Wang y Paul Auster, uno de los protagonistas, el narrador de cuentos Harvey Keitel muestra al otro protagonista, el escritor William Hurt, los álbumes con sus fotografías. Instantáneas de la misma esquina de Brooklyn  hechas diariamente, realizadas  durante meses, desde el mismo sitio, a la misma hora y con la misma cámara. Como una obsesión. El escritor las mira muy, demasiado, deprisa siempre es la misma, siempre es igual, se justifica. El autor le recrimina y, en ese diálogo lleno de sensibilidad y que parece intrascendente en Arte casi todo, por no decir todo, parece intrascendente le dice que no, que NO todas son iguales, que son diferentes, que siempre hay algo que las determina, que las individualiza. Entonces le habla de la LUZ.

A Joan le gustaba mucho esta historia, pues se sentía identificado con ella. Así, cuando le tachaban de repetitivo en sus temas, siempre la contaba, para que se entendiera, decía, su manera de trabajar, de entender la pintura, el dibujo y el grabado.


UNA CEREMONIA ANUAL E ÍNTIMA

Los primeros Iris, dibujados con lápiz o carboncillo sobre papeles convencionales, son de 1987; sólo en 1994 sus Iris adquirirán la condición de serie intencionada, convirtiéndose a partir de entonces en una práctica anual. Metódico y regular en su trabajo, siempre utilizaba para los Iris una misma técnica, el gouache, y un mismo color, el azul –aunque existe una serie realizada en negro. De igual forma, pintar los Iris requería de un ceremonial que comenzaba en Barcelona, preparando los pinceles japoneses, que también eran siempre los mismos y estaban guardados en unos preciosos estuches de bambú. A esto le seguía la selección del papel, escogido con mucho mimo, prefiriendo aquellos manipulados, hechos a mano, y dejándose “tentar” por la sensualidad de los orientales, de largas fibras, que dejaban su impronta al ser tocados por el pincel y el agua del guache. Para Joan el papel también pintaba y, por eso, los papeles de Japón, Corea o Nepal le fascinaban y le gustaba tenerlos a mano. Tenía cuadernos de dibujo, pequeñas maravillas que llevaba siempre consigo a todas partes.

Joan Hernández Pijuan. VEGAP, Madrid, 2008
© Joan Hernández Pijuan. VEGAP, Madrid, 2008

Una vez en Folquer, seguía el ritual: largos paseos por el campo buscando y fotografiando los iris más hermosos, seleccionando cuidadosamente aquellos que le llamaban la atención, que cortaba y colocaba en una botella a modo de jarro, como si fuese un pintor de plein air –como él mismo, irónicamente, solía decir.

Igual que el fotógrafo de Smoke, se identificaba con la repetición y, año tras año, esperaba ilusionado la Semana Santa para cumplir con su particular rito pascual, el de realizar sus Iris. Pintaba en la sala/estudio del piso superior de la casa familiar de Folquer, un espacio de grandes ventanales orientados al sur, con vistas hacia la amplia panorámica de la Noguera, y con unas pequeñas ventanas hacia el norte, que proporcionaban una vista más íntima y cerrada. En relación a este estudio Joan solía decir que estos aspectos íntimo y abierto han estado configurando bastante los vaivenes de mi pintura.

Ésta era la única ocasión en que podíamos verle trabajar, pintar del natural. Hijos y nietos formábamos parte de la ceremonia anual de los Iris. Primavera, el estudio con la chimenea encendida, escuchando música, tomando una copa, y con el olor del humo, del romero y del tomillo en el aire: el momento era perfecto y armónico.

Pintaba deprisa, con fluidez y silbando, como un divertimento en el que se sentía distendido y feliz. Extendía los iris por el suelo sobre periódicos y, cuando terminaba con una copa, sonreía antes de hacer la selección definitiva, que casi nunca coincidía con las sugerencias familiares. Rompía muchos, que pasaban a alimentar la chimenea, y dejaba los mejores. Trabajo hecho. Estaba feliz.

Joan era muy celoso de su intimidad como pintor y raramente dejaba entrar en su estudio cuando trabajaba. Para ver su obra o visitar su lugar de trabajo se debía ser “invitado” y sólo cuando estaba seguro, cuando se “creía” –como él decía– lo que estaba pintando, permitía el acceso a cualquier persona. Por esta razón sus Iris tienen mucho de complicidad íntima y familiar, ya que se vivían como uno de los grandes acontecimientos que deparaba la Pascua.

Este cuaderno, que tiene el encanto de los antiguos libretos de gabinete del s. XIX, haría sin duda las delicias de Joan, pues se corresponde de forma muy precisa con la idea y el concepto que él tenía de cómo debían presentarse estas series. Por eso, cuando me propusieron hacer esta publicación que recogía casi todos sus Iris, me pareció que sería una magnífica idea y un pequeño e íntimo homenaje presentarlos así, como una obra seriada, repetitiva y que se percibe pausadamente, con mínimas diferencias entre una serie y otra, entre los diferentes Iris. De este modo, en el centro del papel, aislados y evocados de forma muy directa, aparecen los distintos Iris, que se convierten en puras formas abstractas, en una especie de diario pascual a través del que nos sentimos transportados, como si estuviésemos paseando por un camino; un camino –otro de los temas preferidos de Joan– que, a pesar de no acabarse nunca, siempre aparece rodeado de iris.

Folquer/Barcelona, verano de 2007

* Libro editado por la Fundación Juan March con motivo de la exposición, con introducción de Elvira Maluquer, mujer del artista.

Museu d’Art
Espanyol Contemporani,
Palma

(Fundación Juan March)
Sant Miquel, 11
Palma de Mallorca

Horario de visita
De lunes a viernes:
10-18,30 h.
Sábados: 10,30 -14 h.
Domingos y festivos: cerrado

Entrada libre