—Y en eso está basado Johnny.
—¡Y de qué manera! Y allí está también, concretamente, mi nostalgia de la música de jazz. Como le decía, si algo me hubiera gustado es ser lo bastante músico como para dominar la técnica de un instrumento de jazz y lanzarme a improvisar a la manera de un Charlie Parker.
—Usted tocó la trompeta ¿no?
—Sí, pero mal.
—Y saxofón.
—También mal. La vida no me dejó avanzar nunca por ese camino. Bueno…, quizás estoy diciendo una cosa poco auténtica porque si realmente yo hubiera querido y podido avanzar por eso camino lo hubiera hecho. Lo que pasa es que no estoy dotado. Si alguien empieza a estudiar un instrumento junto conmigo me aventaja al cabo de diez días, rápidamente; me quedo atrás. Entonces me llegó a parecer un poco absurdo insistir en un camino que, evidentemente, no es el mío. Mejor escuchar a los que lo hacen bien y seguir escribiendo. Pero es una nostalgia permanente en mí, de la que Johnny, de alguna manera, da cuenta.
(Conversaciones con Cortázar, Ernesto González Bermejo [entrev.]. Barcelona: Edhasa, 1978, p. 107)

—¿Tocaste un instrumento de niño?
—El piano, pero no jazz.
—¿Cuándo empezaste?
—A los ocho años de edad hasta los trece, cuando cerré el piano y no quise tocarlo más. (Cortázar por Cortázar, Evelyn Picon Garfield [entrev.]. Veracruz: Universidad Veracruzana, 1978, p. 128)

Sí (toco la trompeta), para gran desesperación de mis vecinos. Yo la tengo como procedimiento higiénico. Cuando estoy cansado, fatigado, por haber escrito o leído mucho, tocar un rato la trompeta es un ejercicio respiratorio formidable. («La vuelta a Julio Cortázar en 80 preguntas», Hugo Guerrero Martinheitz [entrev.]. En: Siete Días, Buenos Aires, diciembre de 1973)

Debo declarar —no tanto a ti, sino a eventuales lectores— que mi cartel no te enfrenta en terreno estrictamente musical, Dios me libre de ello. ¿Qué sé yo de las sucesiones de séptima dominante o de los acordes de novena que mencionas en tu nota? Diatonismo, por ejemplo, me ha sonado siempre como un sistema métrico para cristales de anteojos; en fin, que estoy frente al jazz en la misma inopia que muchos de sus creadores, lo que en alguna medida me asegura una aprehensión inmediata de su esencia. Ni siquiera puedo jactarme de una aptitud personal para el jazz, de ser un buen ejecutante. Aspiro a tocar el saxo tenor, como tú sabes, y con tres dedos de cada mano me animo en el piano a tímidas variaciones sobre Honeysuckle Rose. Es extraordinario lo mal capacitado que estoy para escribirte esta carta. (Julio Cortázar, «Elogio del jazz: carta enguantada a Daniel Devoto». En: Julio Cortázar. Obra crítica. Obras completas: 6. Barcelona: Galaxia Gutenberg, 2006, pp. 204-205)

Amistad con jazzmen

—¿Conociste personalmente a algún jazzista?
—Franceses, sí. Tengo un buen amigo, muy buen amigo de jazz. Se llama Michel Portal.
(Cortázar por Cortázar, Evelyn Picon Garfield [entrev.]. Veracruz: Universidad Veracruzana, 1978, p. 129)

—¿Qué piensas de la música de Gato Barbieri? ¿A él lo conoces?
—Creo que lo conocí personalmente en Buenos Aires pero no hablamos de música aquel día. Tengo sus discos y creo que forja un estilo interesante. Con un tango crea una canción de «free jazz» a veces muy romántica y lírica y con un fondo bellísimo. Los que le rodean responden admirablemente a sus sentimientos. Ahora emplea instrumentos regionales —flautas y tambores indios— para crear una atmósfera interesante y sabe improvisar maravillosamente a base de un tango.
—Y su manera de hacer gritar el saxo, una característica de su música que unos atribuyen al Tercer Mundo.
—La idea del Tercer Mundo tiene implicaciones políticas en la música de Gato Barbieri. Trata de mostrar que se puede tocar buen jazz cuando se es de Latinoamérica. (Cortázar por Cortázar, Evelyn Picon Garfield [entrev.]. Veracruz: Universidad Veracruzana, 1978, p. 131)

Gato Barbieri_Fenix
El día que me quieras

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