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Paisajes prometidos

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La expresión “paisajes prometidos” procede de una cita de Ortega: “todo pueblo lleva dentro de sí un paisaje prometido –escribió en Prólogo para alemanes, un texto de 1934--, y yerra peregrino por el haz de la tierra hasta que lo encuentra”. Paisaje prometido era para Ortega –o eso parece—una variable de tierra prometida, esto es, la metáfora de un ideal colectivo, de un ideal nacional.

No es ese el sentido en que, de cara a un posible uso histórico del término “paisaje”, utilizo yo, apropiándomela, la expresión citada. “Paisajes prometidos” –una expresión a mi gusto muy afortunada, como propia de Ortega—es desde mi perspectiva de historiador un pretexto para analizar temas de historia en una circunstancia geográfica concreta: un lugar, una ciudad, una comarca, una región. Decía el propio Ortega que los paisajes le habían hecho la mitad de su alma. Eso es así –se sea o no consciente de ello—para muchos de nosotros. El paisaje, la belleza estética de la naturaleza (no hay paisaje feo, decía Unamuno) o la del propio entorno rural o urbano creado por el hombre a lo largo de los siglos, es en efecto muchas veces el ámbito de nuestra instalación primera y original en la vida –y por ello, las más de las veces inolvidable a lo largo de ésta--, nuestra circunstancia social y política  (la “patria”, podría decir el propio Ortega), el objeto principal, si no obsesivo, de nuestra preocupación y nuestra conciencia. Los paisajes, en cualquier caso, disparan, o pueden hacerlo, la meditación del historiador (por supuesto, mucho más así la del geógrafo, para quien el paisaje es, no una incitación como para el historiador, sino ante todo una obligación).

La aproximación del historiador al paisaje es, por tanto, otra forma de hacer historia. Los paisajes tienen, en efecto, significado histórico: son lugares míticos, épicos, legendarios, imperiales, religiosos, filosóficos, literarios, políticos, nacionales…Son siempre –y eso importa decisivamente para el historiador—escenario o teatro de situaciones (que es lo que en realidad es la historia, según Sartre). Dilucidar el paisaje puede ser así una vía para penetrar en la historia de un país.

Ello exige, como parece lógico, “crear” categorías que hagan  de unos meros lugares “paisajes prometidos”. Podrían ser estas: especificidad acusada; significación histórica; valor simbólico e imaginario; dimensión literaria, ensayística; interpretación (o interpretaciones) relevante, a poder ser historiográfica. Por razones pedagógicas y aunque no sea español, pondré como ejemplo –fácilmente reconocible e inteligible—el Oeste americano. El Oeste americano, en efecto, tendría: 1) geografía única, específica, acusada: paisajes siempre grandiosos, colosales, como las grandes praderas o las Montañas Rocosas o los ríos Bravo, Grande o Missouri, y a veces desérticos fantasmagóricos, estupefacientes, como el Valle de la Muerte, o el Valle Monumental o el Gran Cañón del Colorado; y en ellos, lugares de leyenda: Tombstone, escenario del duelo a muerte en O.K. Corral,  Tucson, Abilene, Little Big Horne, el lugar donde el 25 de junio de 1876 Custer y sus 250 soldados morirían a manos de una aguerrida fuerza india mandada por Caballo Loco, Fort Laramie,…2) significación histórica: la expansión al Oeste entre 1840 y 1890, vinculada a ferrocarriles, agricultura, ganadería, estados nuevos y guerras indias, como hecho decisivo para la construcción de los Estados Unidos; 3) valor simbólico e imaginario: el Oeste, épica de violencia, justicia y libertad, como una edad heroica; 4) dimensión literaria, ensayística y sobre todo, cinematográfica, un legado de mitos y semihéroes (justicieros, pistoleros, forajidos, cowboys, sheriffs, indios, caballería): Billy el Niño, Jesse James, Wyatt Earp, Pat Garret, el general Custer, Toro Sentado, Caballo Loco, Cochise, Gerónimo, nombres, como los héroes de la Iliada o