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La idiosincrasia social española y la investigación científica no se han entendido bien a lo largo de la historia. Por esa razón, el caso de Santiago Ramón y Cajal y su escuela representan un acontecimiento singular que merece un estudio detenido. Ese estudio debe iniciarse con la descripción del contexto social e histórico en el que vivió nuestro personaje. En el siglo XIX, la ciencia que se practicaba en España se movía dentro de los márgenes impuestos por el utilitarismo de la Ilustración y las fuertes restricciones mentales de la educación católica. Como resultado, las ciencias de la vida eran conocidas en nuestro país con retraso y practicadas por un número muy reducido de profesionales que no podían constituir la masa crítica necesaria ni difundir adecuadamente los conocimientos entre los estudiantes jóvenes.
   
Cajal no tuvo un origen acomodado ni creció en un ambiente proclive a la investigación científica. Tuvo, en cambio, la suerte de que su padre entendiera muy bien la diferencia que hay entre recibir una sólida educación o dejar que los caprichos emocionales determinen el futuro de la persona. Afortunadamente para los científicos de hoy, Cajal estudió medicina y encauzó su curiosidad en la dirección de hacerse preguntas sobre la naturaleza biológica del ser humano. Tras conocer de primera mano algunas de las razones de la decadencia política de España en aquella época, así como las frustraciones que con frecuencia aún hoy puede deparar la práctica médica, Cajal tuvo otro encuentro afortunado. Esta vez fue con un colega suyo, el Dr. Luis Simarro, quien le mostró los resultados de una nueva técnica de coloración argéntica aplicada al sistema nervioso; técnica que había sido descubierta quince años antes por el científico italiano Camilo Golgi. Ese momento marcó de forma decisiva el curso de la actividad profesional de Cajal. Con perseverancia y creatividad, la "reazione nera" fue mejorada y ampliada hasta convertirse en una formidable herramienta para desentrañar la organización estructural del sistema nervioso. El misterioso funcionamiento de un cerebro irresolublemente complejo podía ahora estudiarse en términos de vías específicas de comunicación, de diferencias cognitivas entre especies y entre individuos, de desarrollo y de evolución. Había nacido la Neurobiología moderna y su fundador era Cajal.

En pleno apogeo profesional de Cajal, la sociedad española también intentaba resurgir del desastroso pasado inmediato. La Regeneración constituía un movimiento que alcanzaba también a la educación y la ciencia. La Junta para la Ampliación de Estudios (JAE) fue un esfuerzo gubernamental sin precedentes para desarrollar la investigación y difundir los conocimientos en la sociedad. Lógicamente, Cajal fue nombrado primer presidente. Las jóvenes promesas de los pensionados por la JAE, la nutrida escuela histológica y muchos otros intelectuales que constituían el movimiento regeneracionista tenían razones para la esperanza. El presente sería muy diferente si todo aquel caudal de entusiasmo y esfuerzo no hubiera sido barrido, una vez más, por la plaga del odio tan enraizado en nuestra historia. Cajal murió tan sólo dos años antes del comienzo de la última tragedia nacional.

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