Miquel Llorente
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El ser humano inició su historia evolutiva hace unos 65 millones de años con la aparición de los primeros primates. Algunos millones de años después surgió la familia de los grandes simios (orangutanes, gorilas, chimpancés y bonobos): nuestros parientes evolutivos vivos más próximos. Una de las características más sobresalientes de la especie humana y del resto de grandes simios es su alto grado de sociabilidad. Para conocer más sobre este aspecto de nuestra historia evolutiva, resulta muy interesante poder observar este mismo aspecto en nuestros primos evolutivos. Con ellos compartimos una estructura y organización social compleja, aún habiendo diferencias notables entre unas especies y otras. De la solitaria vida de los orangutanes, pasamos a los grupos de "harén" propios de los gorilas, y llegamos a las complejas comunidades de fisión-fusión propias de chimpancés y bonobos.
  
Pero, ¿en qué nos diferenciamos de los grandes simios? ¿Cuáles son las principales similitudes que compartimos con ellos en relación a nuestra vida social? Tanto en ellos como en nosotros, machos y hembras desempeñan roles diferentes dentro del grupo. Como ellos, tenemos conciencia de nosotros mismos, y la capacidad de atribuir intenciones a otros, ambos aspectos muy importantes para la vida en un sociedad. Vivimos en complejos grupos donde es necesario negociar, intercambiar y cooperar con los miembros de la comunidad. Nos desenvolvemos dentro de una dinámica social en la que a veces es necesario cooperar y coordinarnos con otros individuos, y donde la estrategia, el liderazgo y el intercambio de bienes y servicios están a la orden del día.

Pero aunque compartimos una naturaleza social, el ser humano ha evolucionado hasta convertirse en un primate ultra-social. ¿Qué significa "ultra-social"? ¿En qué se ha reflejado este rasgo a lo largo de la evolución del ser humano? Nuestras habilidades sociales no sólo nos han favorecido la supervivencia en una sociedad compleja, sino que nuestra inteligencia ha evolucionado para permitir vivir e intercambiar conocimiento en grupos culturales y tecnológicos. La evolución, por tanto, ha forjado nuestro cerebro y nuestra cognición hasta convertirnos en unos primates caracterizados, sobre todo, por el desarrollo de una compleja inteligencia social y cultural.

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