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Joan Oleza
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Joan Oleza

El caso de Vicente Blasco Ibáñez URL: https://www.march.es/conferencias/anteriores/voz.aspx?id=2733

La empresa de escribir.  Blasco Ibáñez frente a la paradoja del artista moderno

Desde los inicios mismos de la Modernidad comienza a construirse una esfera de conocimiento y de producción de lo estético que busca constituirse al margen de las leyes del mercado creado por el proceso de modernización económica y social. Los románticos alemanes situarán al artista como un guardián del espíritu, como un brahmán, como un ser de una casta diferente y privilegiada, en guerra permanente con el mundo de la prosa, dominado por la burocracia y el dinero, y articulado por el principio de la utilidad (el utilitarismo, en expresión del XIX). Pero en el postromanticismo, y a medida que el proceso de modernización capitalista se consolida y despliega, dando lugar a la nueva sociedad liberal, y a una clase dirigente nueva, la burguesía, los distintos movimientos y corrientes estéticos, tanto en arte ( y sobre todo en pintura) como en literatura, tratan de constituir un campo autónomo de actividad y de producción cultural, netamente diferenciado de los campos de actividad y de producción útiles, regido por una legitimidad y unos principios únicamente estéticos: es lo que desde Hegel en la filosofía, pero desde Gautier, Baudelaire o Flaubert en literatura comienza a llamarse arte por el arte o arte puro. Cristaliza entonces  una concepción muy generalizada en la Modernidad: la del artista que en su vida y en sus convicciones debe actuar como un ser diferente del común de los hombres (que se identifica con diferentes figuras: el sacerdote de la belleza, la torre de marfil, el dandy, el artista maldito, el bohemio…), la del arte (o la literatura) cuyo valor no puede calcularse como valor de mercado y cuyas leyes no pueden estar sometidas a los gustos  del mercado, sino a valores exclusivos de los propios artistas y a leyes exclusivamente artísticas, y la de un enemigo esencial, el burgués, o filisteo, contrapuesto con su vulgaridad, su grosería materialista, su utilitarismo, y su afán de riquezas en antagonista del artista.

Por más que en la segunda mitad del siglo XIX algunos intelectuales ponen de relieve lo que el mercado de la nueva sociedad liberal aporta a escritores y artistas, sobre todo en el caso de Zola, el primero en proclamar que el dinero emancipa al artista de la esclavitud del mecenazgo y lo convierte en un trabajador libre, y por más, sobre todo, que en la práctica el intelectual en general, y en particular el escritor y el artista, comienzan a beneficiarse de la profesionalización que permite la nueva organización social de la cultura, no se elimina en absoluto esa concepción del arte y del artista como contrapuestos  al conjunto de la sociedad y de sus valores, y especialmente como contrapuestos a las ideas de mercado, de administración y de capital. Se pasa directamente a vivir en el interior de una contradicción asumida en muy distintos grados según las diferentes biografías y que yo he caracterizado como paradoja del artista moderno: se vive cada vez más como profesional, y en muchos casos como burgués, pues artista y escritor extraen rentabilidad de su profesión, pero se piensa y se cree como sacerdote de un culto privado, exclusivamente reservado a la élite del espíritu. Se es partidario de los valores estéticos de la Modernidad (el cambio, la experimentación, el progreso constante de las formas, el valor primordial de lo nuevo y de lo original, la libertad absoluta del arte, la especialización del artista en el manejo consciente y autorreflexivo de sus instrumentos, etc.) pero se es adversario de los propios de la Modernización (el Estado racionalizado y burocratizado, la empresa capitalista, la determinación de la vida económica por el mercado, los avances vertiginosos de la una tecnología considerada como inhumana, el sometimiento del individuo a una legalidad cada vez más pormenorizada, más “normalizadora” etc.), de forma que se llega a encarnar la paradoja de ser modernos (o modernistas) y a la vez antimodernos. El pensamiento filosófico alemán más progresista, el que deriva de Kant (con su división de la cultura en tres grandes esferas, la de lo bello, la de lo útil y la de lo verdadero) y de Hegel (la poesía  como valor contrapuesto a la prosa de la vida), el que pasa por Adorno, Benjamin y Horkheimer, y el que llega a Marcuse o Habermas, desarrolla ampliamente la idea de esta contraposición. En Habermas, por ejemplo, se llega a contemplar la esfera de lo estético como esfera de compensación frente al sometimiento que imponen al individuo las otras esferas, y sobre todo la dominación de la vida por la economía y el estado moderno. Lo estético sería el lugar de las sublimaciones, de las satisfacciones imposibles en la vida práctica, de la reconciliación del individuo con su naturaleza, de la creación como respuesta emancipadora al sometimiento del ciudadano moderno.

Esta contradicción se vive a fondo en la generación del final de siglo, la que ha sido llamada modernista o noventayochista, según los diversos autores, y en ella irrumpe un Blasco Ibáñez  que no procede de las clases ilustradas, que han hecho suya y elaborado la concepción de la autonomía social de la belleza, sino de una pequeña burguesía ansiosa de ocupar un papel  dirigente en la nuevas sociedades democráticas, que ha asimilado la capacidad de poder de las masas en el mundo moderno. Blasco parte de Zola y de su concepción de la emancipación del escritor por el dinero, y la practica a rajatabla, haciendo ostentación de ello. No sólo aspira a ganar dinero con la literatura, o a convertir su literatura en un instrumento útil para la sociedad civil, no sólo quiere convertirse en un ideólogo y en un dirigente de las masas republicanas españolas, sino que aspira a hacerlo por medios capitalistas, transformándose en empresario de la cultura. Es así como se pone a la cabeza de multitud de iniciativas empresariales (el diario El Pueblo, la editorial Prometeo…), y así como gestiona, como un patrono, su propia fuerza de trabajo como escritor. Sus cartas nos permiten contemplarlo directa e inmediatamente en esta dimensión, y sus obras de ficción nos muestran ese mundo de valores concretado en historias y novelas. Su paso por la literatura española fue, por consiguiente, irreverente y provocador  con respecto a las ideas más hondamente arraigadas en sus contemporáneos escritores (de Azorín, Unamuno o Baroja, a Ortega o Gabriel Miró, incluso en alguien que, como Max Aub, podía estar cerca de sus experiencias, ya que no de sus convicciones, por su procedencia social), y probablemente esta actitud suya le condujo a un aislamiento cada vez más hostilizado en el campo de la literatura contemporánea. Su salida de España, su aventura argentina, su trabajo para el cine norteamericano, su vida en la Costa Azul, y sus propias obras de madurez lo fueron convirtiendo cada vez más a él en el prototipo del escritor burgués, y a su literatura en la manifestación viviente de una despreciada literatura para el mercado. Blasco no fue un moderno antimoderno, quiso ser un moderno en todos los sentidos de la palabra, aunque eso le costase una irreconciliable animadversión de sus colegas.

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