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Antonio Gallego
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Antonio Gallego

Ganarse la vida en la música URL: https://www.march.es/conferencias/anteriores/voz.aspx?id=2734
La práctica de la música ha sido, es y será un medio de ganarse la vida como otro cualquiera, pero con algunos matices propios.

En primer lugar, habría que distinguir diversos oficios relacionados con la música, entre ellos el de compositor (creador de obras musicales), el de intérprete (el que hace oir las obras al oyente; a veces lo ha sido el propio compositor), el de profesor (el que enseña el oficio a otros; a veces lo han sido compositores o intérpretes), y el de investigador de la teoría o de la historia de la música, el que escribe sobre estos temas (desde el historicismo del siglo XIX, el musicólogo: también lo han sido a veces compositores, intérpretes y, muy a menudo, profesores).

En segundo lugar, la práctica de la música tiene afinidades pero también notables diferencias respecto a la de las otras “bellas artes”. Para empezar, mientras que la música fue desde la Antigüedad una de las artes liberales (estuvo en el Quadrivium con el resto de las artes del número: Aritmética, Geometría y Astronomía), las artes del diseño no, y sus partidarios sostuvieron durante siglos una dura batalla para su reconocimiento como tal. Como consecuencia, la Música teórica estuvo en los claustros universitarios, y la Pintura, Escultura, Arquitectura, los dos Grabados, etc., no lo estaban. La creación de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando en el siglo XVIII fue parte de esa lucha, y eso explica que la Música tardara más de un siglo en incorporarse a la Academia (en realidad, no necesitaba ese “reconocimiento”). El que a día de hoy la situación se haya invertido, es decir, que la Música en su conjunto aún no esté en la Universidad española mientras que las otras Nobles Artes sí, es simplemente claro testimonio y uno de los síntomas de la “incultura” de nuestro tiempo, y de los ministros del ramo en especial.

La práctica de la música ante los diversos públicos ha tenido muchas variantes a lo largo de la historia. Ante los más populares y callejeros, desde los juglares descritos tan minuciosamente por don Ramón Menéndez Pidal hasta los que adornan nuestras vías públicas todavía hoy pasando la gorra o el platillo, han actuado generalmente los menos cualificados (hoy, también, los estudiantes que se pagan así sus viajes). Los más profesionales entraban normalmente al servicio de las castas privilegiadas, y así monarcas, nobles y eclesiásticos mantuvieron costosas capillas músicas en las que se seleccionaba a sus integrantes mediante un sofisticado sistema de oposiciones públicas: están muy bien investigadas por la musicología positivista, y conocemos muy bien el tipo de ejercicios a los que se sometía a los opositores, los salarios que se ofrecían y las obligaciones que contrarían los ganadores. Como la principal de estas ofertas de trabajo la constituía la iglesia, de este hecho se derivan varias consecuencias: Durante algún tiempo los opositores se comprometían a ser clérigos, si no lo eran ya; estaban excluidas del oficio las mujeres; y, como algunos de los maestros de capilla alcanzaban también una dignidad eclesiástica, era un nuevo camino para acceder a las clases privilegiadas; no solía ser así con los organistas y el resto de tañedores o ministriles, que eran simples “beneficiados”, “prebendados”  o asalariados.

Una de las obligaciones de los maestros de capilla era la de transmitir el oficio, y para ello los cabildos responsables de los templos crearon Colegios de Niños cantorcitos, infanticos, infantejos, “seises” (se les llamó de muchas maneras) con lo que, además de cuidar la “cantera”, solucionaban el problema de las voces agudas en la polifonía, ya que el contrato de hombres castrados era, además de problemático, carísimo por su rareza. Cuando a través de las Desamortizaciones el poder económico de la iglesia decayó, el Estado se creyó en la obligación de crear Conservatorios, pero en España esto no sucedió hasta el final.
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