Aurelio Arteta
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Lo primero será poner en claro la naturaleza del mal o daño al que nos referimos. Pues no se trata del mal natural o necesario, sino del mal social o producto de nuestra libertad, o sea, del mal que nos hacemos los hombres unos a otros. Pero no ya de cualquier mal, que pudiera ser conveniente o merecido, sino del sufrimiento inmerecido. Y más en particular todavía, no ya del mal privado sino del mal público, es decir, de aquel infligido por algún poder político, que se causa en nombre de muchos o de todos los miembros de una comunidad, que invoca razones que pretenden justificarlo   y con vistas a algún estado futuro presuntamente mejor de esa comunidad.

A continuación, conviene no menos hacer algunas aclaraciones sobre ciertas dimensiones o aspectos de ese mal para escoger las que parecen más relevantes. Y así, me inclino a centrarnos en el mal ordinario, más abandonado en la reflexión contemporánea, frente al mal extraodinario, que ya sea en forma del Holocausto nazi o del Gulag soviético ha acaparado la reflexión teórica. Sin descuidar el mal pasado, objeto de la llamada “memoria histórica”, sostengo la primacía del presente para nuestro compromiso político y moral. Y, en fin, toca recordar que junto al mal cometido y el padecido se halla el mal consentido; es decir, que a la figura del agresor y de la víctima les acompaña por lo general la más desatendida del espectador, y que la conducta de esta figura  -que suele ser la de la mayoría-  hace a menudo posible o más fácil la agresión.

 Así es como ese espectador, precisamente por renunciar a ser actor, se convierte en cómplice del mal que está teniendo lugar. No es meramente uno “que pasaba por allí”, sino alguien a quien se le presentaba la opción de intervenir para evitar o al menos reducir el mal perpetrado y que ha optado por la abstención. Su complicidad no es activa, sino pasiva, pero con frecuencia no menos eficaz que una colaboración directa: el no-hacer o dejar hacer es también una forma de hacer; la omisión no equivale a nada, sino una clase de acción.  Frente a las excusas en que el espectador se envuelve, hay que subrayar su responsabilidad por conformismo o por indiferencia, así como las consecuencias nefastas de su omisión.

 

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