Carlos García Gual
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"¿Quién habría podido pronosticar la resurrección del culto del Rey Arturo y sus caballeros en la prosaica clase media mercantil de Kensington en la época victoriana? ¿Quién habría podido imaginar que la Reina Viuda escucharía con arrebato la voz lastimera del poeta oficial de la corte cantando las hazañas de Lanzarote y sus amores con Ginebra?". Como escribía J. H.Plumb ( en su libro La muerte del pasado), el anhelo  de la Inglaterra victoriana por recobrar el mundo mítico y medieval del Camelot cortés y caballeresco fue un fenómeno histórico en extremo sorprendente. Castillos medievales, torneos, armaduras, emblemas y modales caballerescos se pusieron entonces de moda en notorio contraste con la tendencia burguesa dominante y la modernidad acelerada y arrolladora de aquella Inglaterra decimonónica, la nación  más próspera por su progreso industrial y comercial. ¡Qué extraña nostalgia hacia ese pasado fantástico y medieval, que con éxito  impresionante suscitaban los más famosos escritores y artistas! Walter Scott, con sus novelas, L. A. Tennyson con sus melancólicos Idilios del Rey, y los pintores prerrafaelitas, y la arquitectura neogótica de moda, evocaban el esplendor del  antiguo Camelot, y los elegantes cortesanos simulaban ser chivalrous gentlemen de un nuevo imperio caballeresco. La muerte de Arturo de Thomas Malory seguía siendo una lectura emotiva y popular. En su tumba el príncipe Alberto yacía revestido de una armadura medieval digna del Príncipe Negro.
Recordar esa fantasmal evocación,  tan británica y en plena modernidad, del fabuloso universo  caballeresco, en nostálgico y crepuscular  homenaje,  puede invitar, creo, a  algunas reflexiones sobre las extrañas fascinaciones de la tradición literaria.  
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