Esteban Pujals
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El conocimiento de la obra de una autora, de un autor, suele acompasarse con alguna medida de familiaridad con su biografía. A veces leemos las obras de una autora tras haber conocido algo que nos ha interesado sobre su persona, mientras que en otras ocasiones son las propias obras las que inspiran nuestra curiosidad biográfica. En todo caso, y, a pesar de la relativa autonomía que las obras memorables de escritura tienden a disfrutar respecto de quien las compuso, parecería que la ignorancia por parte de los lectores en relación con una u otra de estas dimensiones fragmenta o vela lo que cabe designar como la perspectiva más informada y lúcida sobe algo que contemplamos como unitario: la obra y el proceso vital que la produjo. Es cierto que en raras ocasiones personalidades bien diferentes pueden producir piezas casi intercambiables, como los cuadros de Picasso y Braque en los años del cubismo analítico. Sin embargo el arte de las sociedades llamadas occidentales viene apostando muy fuerte desde el siglo XIV por la firma y la autoría y suele ser precisamente cuando dice aspirar a la impersonalidad cuando más imaginativa y sutilmente manifiesta una obra la irrepetibilidad de la persona que la concibió.

En el caso de Gertrude Stein se diría que en el conjunto unitario constituido por su obra y por su vida ambas se corresponden y completan como el símbolo del ying-yang: la sensación de rareza que experimentamos ante la obra parecería equivaler a una sensación análoga de extrañeza ante la información, poca o mucha, sobre las circunstancias de la vida. Lo que esta aparente armonía de rarezas ha venido a consolidar es una noción de normalidad tras la que se agazapa el formidable prejuicio que durante cerca de un siglo ha impedido comprender la ambición de Stein como escritora y su muy considerable contribución a la cultura literaria y artística de nuestros días.

 

 

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