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En un siglo de efervescencias, como lo fue el XVI, Benito Arias Montano aspiró a pasar en silencio. El estudio y la sabiduría le llevaron cerca del poder, pero nunca quiso aprovechar la circunstancia. Por el contrario, en sus cartas se repite de continuo el deseo de retirarse con sus libros. Sin embargo, sólo su situación privilegiada y sus muchos conocimientos le permitieron afrontar una tarea descomunal y arriesgada, como fue la Biblia Políglota de Amberes, que imprimió su buen amigo Cristóbal Plantino. Junto a esos enormes esfuerzos por comprender los textos bíblicos, poemas, cartas, grabados, amistades y enseñanzas lo convirtieron en una figura clave para entender el reinado de Felipe II y la invención simbólica de El Escorial alrededor de una biblioteca. Murió con su rey en 1598 y, aunque la gloria del recuerdo todavía se mantuvo viva en los primeros años del siglo XVII, ya don Gregorio Mayans y Síscar, otro de nuestros españoles eminentes, hizo un notable esfuerzo para recuperar su memoria. Ahora, a comienzos del siglo XXI, no está de más volver la vista hacia este hombre, que, desde su rincón, creyó en una España unida a Europa por el rigor de la inteligencia, la tolerancia religiosa y el conocimiento mutuo.

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