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Antonio Pau
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Antonio Pau

Rainer Maria Rilke: una vida para la obra URL: https://www.march.es/conferencias/anteriores/voz.aspx?p0=2743

No ha habido probablemente en la historia de la literatura, un caso como el de Rilke de subordinación de la vida a la obra. Íntimamente convencido de que estaba llamado a culminar una tarea poética, cada paso de su vida estuvo orientado a cumplir ese destino.

Pero antes de recorrer el curso paralelo de la vida y la obra hay que detenerse en dos premisas: la sensibilidad y el lenguaje de Rilke. La sensibilidad del poeta queda de manifiesto en el título que puso a unos poemas en prosa: La melodía de las cosas. El poeta se deja llenar, invadir por ellas, y su obra se produce ex abundantia cordis. Uno de los verbos preferidos por el poeta, y que repite en multitud de poemas es rebosar (überfließen, überlaufen, überfüllen). En cuanto a su idioma, es único: Rilke pertenecía a la minoría de habla alemana de Praga y no quiso vivir nunca en un país de lengua alemana. De manera que su vida discurrió a la vez a la vez dentro y  margen de su lengua. Eso dio lugar a una sintaxis y un vocabulario personalísimos, y a un estilo que no tiene semejanza con la de ningún otro autor de lengua alemana; hasta el punto de a los propios alemanes, muchos poemas de Rilke les resultan extraños, exóticos.

 En el curso paralelo de la vida y la obra de Rilke cabría distinguir cuatro etapas, que son a la vez geográficas y literarias, y que podríamos llamar sentimental, objetiva, cósmica y visionaria. Al margen de esa evolución está su medio millar de poemas escritos en francés y sus poemas escritos en ruso.

 Para exponer cada etapa, hay que ilustrarla –o más exactamente demostrarla– con poemas. ¿Se puede traducir la poesía de Rilke? Sólo se puede traducir la prosa, y cuando es mala —escribió él mismo—; pero ni siquiera la mala poesía puede traducirse, porque los poemas son cosas en que cada palabra, la determinación de cada palabra y de su tono, está fijada de una manera exacta y segura. Hay que recordar, sin embargo, que él mismo tradujo, y mucho —el séptimo volumen de las obras completas, añadido en 1997 a los seis anteriores, sobrepasa las mil cuatrocientas páginas—. Tradujo del francés, del danés, del italiano y del inglés.

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