Jenaro Talens
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Varieté, también conocido por su título norteamericano como Jealousy, es un film alemán dirigido en 1925 por Ewal André Dupont, producido por Erich Pommer y fotografiado por uno de lo más importantes directores de fotografía del cine de Weimar, Karl Freund –que ya había dado muestras de su talento con anterioridad en Der Golem (Paul Wegener, 1920) o Der letzte Mann (F.W. Murnau, 1924) y que seguiría demostrándolo más tarde en Metropolis (Fritz Lang, 1926) o Dracula (Tod Browning, 1931) y en un Hollywood donde dirigiría joyas como The Mummy (1932, con Boris Karloff) o Mad Love (1935, con Peter Lorre). Aunque el género en el que hoy se le suele inscribir (el noir) aún no había obtenido carta de naturaleza –no lo haría hasta dos décadas después–, tanto la temática, las tipologías de personajes o las características técnicas (desde la iluminación o la planifi­cación, muy novedosas en su momento) han convertido el film en un clásico y un título de referencia para los aficionados al thriller de la época inmediatamente anterior a la llegada del sonoro.

La anécdota argumental que sirve de soporte al guión procede de la novela de Felix Hollaender, Der Eid des Stephan Huller y cuenta una historia bastante tópica y previsible: el dueño de una escuela de trapecistas de Hamburgo, "Boss" Huller, (un magnífico Emil Jannings) se enamora de una acróbata mucho más joven que él, Bertha (Lya de Putti), abandona por ella a su familia y se marcha a Berlín para formar un nuevo espectáculo junto con su joven amante y el equilibrista Antinelli (Warwick Ward). El trío profesional se convierte pronto en triángulo amoroso y las celos desembocan en la muerte de Antinelli y la prisión para Boss, quien, tras confesar el crimen a su esposa, se entrega a la policía.

Cuando se inicia el film han pasado varios años y Boss acaba de solicitar el indulto. La historia es leída por el director de la prisión, quien finalmente concede la libertad al preso arrepentido.

El tópico y convencional happy ending no elimina, con todo, lo más atractivo de la película: la brillante utilización de la cámara subjetiva, convertida ella misma en personaje del relato o el uso del montaje como sujeto enunciativo, lo que hace casi innecesarias las apoyaturas explicativas de los intertítulos (algo ya establecido con éxito un año antes por el mismo Freund) en secuencias como la de los trapecistas en acción, vistos unos y otros desde los propios ojos de los personajes o reflejados en las gafas de lo espectadores. El director, que triunfaría más tarde con Piccadilly (1929) antes de desaparecer en el más completo de los olvidos, no tenía mucho margen de maniobra, sometido al estricto control de Pommer y la libertad concedida por el productor al director de fotografía. No obstante consiguió construir un film más que notable, dando al mismo tiempo una imagen cercana al efecto documental de una ciudad y un país sumido en la depresión post-bélica. Todo ello hace de Varieté una joya y una rareza muy representativa del cine europeo en los años finales del cine mudo.

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