Antonio Giménez-Rico
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Antonio Giménez Rico
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Hay algo verdaderamente prodigioso de La marca del fuego (“The Cheat”, 1915). Cómo en menos de una hora de duración, con una muy sencilla pero expresiva puesta en escena, tan solo tres personajes, muy pocos rótulos y una excelente iluminación, verdadero antecedente del mejor expresionismo, se puede conseguir narrar una compleja trama de amor, engaño, mentira, infidelidad, traición, extorsión, venganza, perdón y redención, con tanto rigor y precisión. Producida y dirigida por Cecil B. DeMille, cineasta que conseguiría los máximos prestigios y reconocimientos con un cine mucho más colosal, solemne y aparatoso –Rey de Reyes (1927), Cleopatra (1934), Los diez mandamientos (1923 y 1956), Las cruzadas (1935), Sansón y Dalila (1949), El mayor espectáculo del mundo (1952). Con el atractivo añadido del descubrimiento de un memorable villano, Sessue Hayakawa, primera gran estrella del cine americano de origen asiático, en una sobria y justa interpretación, principal responsable del éxito de la película, y que años después, en 1957, conseguiría la nominación a un Oscar por su inolvidable coronel Saito en la película de David Lean, El puente sobre el río Kwai.
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