Eduardo Rodríguez Merchán
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Basada en una trama muy lineal y sencilla, sin complicaciones y llena de propuestas científicas que rayan en lo inverosímil, esta película esconde por contra una historia de violencia extrema y configura avant la lettre algunos de los estilemas que definirán en muy pocos años un género cinematográfico muy codificado y alabado: el cine negro americano. Menos famosa, pero quizá mucho más “negra”, que las dos anteriores películas proyectadas en este ciclo, Víctima de la ciencia ("The Penalty", 1920) logra sumergir al espectador en un clima oscuro y denso en el que la violencia, la criminalidad y la falta de sentimientos se convierten en protagonistas de una historia que se equilibra con un muestrario muy sugerente de extrañas empatías y amores impensables.

Dirigida con soltura por un siempre muy poco valorado Wallace Worsley, la película se convierte en un inusual cóctel de brillantes hallazgos visuales –que más tarde usará Fritz Lang en su célebre Metrópolis (1927)– combinados con el mito de la bella y la bestia. En definitiva, una historia de gánsteres, de crímenes y de venganzas, aderezada con algunas reflexiones sobre los más diabólicos sentimientos humanos y sobre la que planea también una terrible metáfora: la existencia de las dos caras (oscura y bondadosa) del alma de los hombres. Lon Chaney –el hombre de los mil rostros– encarna al malvado Blizzard, en uno de sus papeles más trabajados de su prolífica y exitosa carrera como actor, aunque en este caso su histrionismo no está aderezado con complejos maquillajes, sino con un defecto físico que maneja con habilidad sorprendente.

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