Román Gubern
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Ciclos de conferenciasUniverso déco (I)Art déco en el cine

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  • Fecha: 9/04/2015
  • Presentación:
    • Lucía Franco

Reaccionando contra el modernismo floreal, curvilíneo y recargado, o Art Nouveau de la belle époque, anterior a la Primera Guerra Mundial, el art déco ascendió como una escenografía de la modernidad más estilizada, en compañía del jazz, de las flappers faldicortas, de los primeros automóviles de carreras, del constructivismo soviético y del dinamismo propio de los años veinte. Su nacimiento oficial tuvo lugar en París, con motivo de la Exposición Internacional de las Artes Decorativas e Industriales Modernas (abril-octubre de 1925), para la que el arquitecto Robert Mallet-Stevens, que llegaría a ser en 1929 el primer presidente de la Unión de Artistas Modernos, realizó el Pabellón de Turismo. Como apóstol de la modernidad art déco, a Mallet-Stevens le interesó el cine y resultarían ejemplares sus colaboraciones con el director francés Marcel L´Herbier en sus filmes La inhumana (1924) y El vértigo (1926), que causaron asombro en su tiempo. Para dar una idea de la sofisticación escenográfica del primero de ellos recordemos que Mallet-Stevens se ocupó de los decorados en exteriores, pero el pintor cubista Fernand Léger realizó los laboratorios, Pierre Chéreau se ocupó del mobiliario, los objetos decorativos fueron una aportación de Lalique, Puigforcat y Jean Luce, las joyas procedían de Raymond Templier y el vestuario de Paul Poiret. Una insólita conjunción de talentos para erigir unos entornos escénicos basados en la división del trabajo y que daban la razón al pintor Charles Dufresne cuando afirmó que “el arte de 1900 perteneció al ámbito de la fantasía, el de 1925 al de la era de la razón”.

Los materiales predilectos de la nueva estética fueron el acero, el vidrio, la cerámica, las maderas nobles y el marfil. Y su canon la elegancia geométrica basada en la simplicidad. Y sus entornos se emparentaban, de algún modo, al futurismo, al cubismo, a la música de Igor Stravinsky y a la estilizada figura de Josephine Baker, que triunfaba en todos los escenarios. Los estudios de Hollywood, atentos a las modas estéticas europeas, hacían que sus técnicos estudiasen con atención aquellas películas innovadoras que llegaban de Europa, aunque luego no se estrenaran en sus salas públicas. Y así el art déco llegó a los estudios de la capital del cine, en las escenografías que representaban hoteles de lujo, pisos de millonarios o en los números corales de sus revistas musicales, mientras en Chicago y en Nueva York se alzaban ya elegantes rascacielos hechos de acero y cristal, como exigía Mies van der Rohe. La irrupción del art déco en el cine coincide con su madurez como arte sofisticado, en los felices veinte, que se truncarán al final de la década con la Gran Depresión. Pero antes su irradiación habrá llegado hasta la Italia fascista con sus films llamados “de teléfonos blancos”, cuya acción se ubicaba en lujosos ambientes burgueses que albergaban enredos amorosos, y hasta en algunas comedias españolas realizadas en vísperas de la Guerra Civil. Al fin y al cabo, el art déco, de matriz parisina, se había convertido por entonces en un estilo internacional y en un canon de elegancia estética de carácter universal.

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