Isidro Bango
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Interpretar la figura y la obra de Alfonso X sigue siendo en nuestros días algo controvertido. Sin duda la amplísima historiografía que se ha desarrollado en el último siglo ha ido enriqueciendo un mejor conocimiento de su persona y de su obra. Su promoción de las actividades culturales ha sido tanta, que su condición de persona y de gobernante no sólo han sufrido menoscabo, sino que a veces se ha querido ver en él más sombras que luces. Es evidente que el desprecio absoluto por el valor de la cultura expresado por el padre Mariana ha sido decisivo para la interpretación del reinado alfonsí, basta ver el perfil que nos ofrece del personaje: "–un monarca– más a propósito para las letras que para el gobierno de los vasallos: contemplaba el cielo y miraba las estrellas; mas en el entretanto perdió la tierra y los reinos". Resulta curioso que el jesuita historiador, movido por una tradición historiográfica antialfonsina, no advirtiese que se encontraba con el mejor exponente de su teoría, supuestamente moderna, sobre las condiciones de un príncipe del siglo XVI. Y lo que es todavía peor, la "modernidad" de la política de Alfonso X se llevaba a cabo tres siglos antes de que fuese una realidad teórica.

Corregido en gran parte el error y sarcasmo de Mariana y su secuela historiográfica por los historiadores de las últimas décadas, todavía subsiste, a mi parecer, un cierto miedo a ofrecer una visión no políticamente correcta del monarca y su vida personal. Prueba de ello es la visión que se tiene sobre su actuación frente a tres fuerzas sociales determinantes de su reinado: pueblo, nobleza y autoridad eclesiástica. Otro tanto ocurre al no atreverse a manifestar sin ambages su postura sobre un tópico de nuestro Medievo: "la convivencia de las tres religiones". No ver solo en el "fecho del imperio" ambición personal, sino buscar un protagonismo de los "naturales" de sus reinos en la andadura de Europa. Tampoco se ha intentado comprender su soledad, con una familia rota, sus miedos y titubeos al decidirse por el deber ser de la ley en la sucesión de la corona. Por último, una historia, que busca vender fantasía novelesca, nos lo quiere presentar como un heterodoxo o como un verdadero hereje nigromante, al que fue un piadoso practicante de los principios cristianos, aunque no de los comportamientos de una Iglesia demasiado interesada por los asuntos terrenales.

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