Gregorio del Olmo
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La contrapartida hebrea del tema “Job”, puesto que de un tema, no de una persona, se trata, podría definirse con dos adjetivos: es perfecta desde el punto de vista literario y es osada desde el punto de vista religioso. Desde el punto de vista literario podríamos definir el Libro de Job como la composición más perfecta de esa antología de textos, de lo más variado, que constituyen la Biblia hebrea. Pertenece, por lo demás, a un género escasamente representado en ella: el género dramático, con lo que desborda el posible modelo mesopotámico que es un monólogo. Es un diálogo incesante, aunque hecho vehículo de prolongadas expansiones líricas, entre personajes de escena. Pero antes de que comience el diálogo, se alce el telón, podríamos decir, se nos describe el marco en el que se juega la acción, el telón de fondo que anticipa al espectador su sentido último, pero el que los actores del mismo desconocen y por el que se debaten en apasionadas e irrelevantes reflexiones.

Mirando a nuestra tradición literaria podríamos definir el Libro de Job como un auto calderoniano avant la lettre. El prólogo y epílogo describen en prosa, como noticia meramente informativa para espectadores, que les permita entender el argumento y tolerar con una leve sonrisa el apasionamiento incontrolado de los personajes, el desenlace de la obra. Job, el personaje central, como no podría ser menos, osa incluso, en una acto de fe desesperada, emplazar a dios para que se explique y justifique, para que dicte su propia teodicea, que su propia biografía, la de Job, parece dejar en evidencia y hacer naufragar: él, el santo varón, sujeto paciente de la calamidad total. ¿Cómo entender esto? Será dios en el acto final quien lo explique. El rimbombante epílogo tratará de hacer más creíble tal explicación y rebajar la tensión emotiva que el desarrollo del argumento ha podido crear, en un proceso catártico de la más pura ascendencia aristotélica.

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