Luis Fernández-Galiano
De izda. a drcha.: Luis Fernández-Galiano y Lucía Franco
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La victoria aliada en la II Guerra Mundial trasladó el liderazgo cultural de la Europa devastada al nuevo continente, y Nueva York reemplazó a París como capital de la vanguardia artística, muchos de cuyos protagonistas –Duchamp, Kandinsky o Mondrian– habían buscado refugio al otro lado del Atlántico. Agotada la Escuela de París, el expresionismo abstracto de Pollock o De Kooning se convirtió en la referencia clave de exaltación de la libertad artística en la pugna ideológica de la Guerra Fría.

Los intelectuales transitaron de Marx a Freud, y los arquitectos convirtieron la modernidad socialmente comprometida en un estilo internacional de refinada abstracción, promovido por el MoMA y Philip Johnson, y consagrado con obras como la Lever House de Bunshaft o el Seagram de Mies van der Rohe. Por su parte, Robert Moses transformaba la ciudad con grandes infraestructuras y autopistas, amenazando el delicado tejido urbano de barrios como Greenwich Village, defendido entonces por el activismo de la periodista Jane Jacobs, que se convertiría en un símbolo de la resistencia frente al urbanismo del capital, la ingeniería y el automóvil. Ese mismo barrio bohemio incubaría la cultura alternativa de la generación Beat y de músicos como Bob Dylan, que pondrían las semillas de la disidencia, del flower power, y de la oposición a la Guerra de Vietnam.

La fecha mítica de 1968 marcaría el tránsito de una Nueva York en crisis a la costa californiana, donde surgiría una poderosa contracultura juvenil, alimentada a la vez por las transformaciones de la vida cotidiana y por la fascinación con una tecnología que el año siguiente llevó al hombre a la Luna.

  • Guilbaut, S. (1983), De cómo Nueva York robó la idea de arte moderno, Tirant lo Blanch: Valencia, 2007.
  • Jacobs, J. (1961), Muerte y vida de las grandes ciudades, Capitán Swing: Madrid, 2011.
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