Helena Cortés Gabaudan
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De izda. a drcha.: Lucía Franco y Helena Cortés Gabaudan
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La tragedia Fausto, publicada póstumamente en 1832, es la obra principal de Johann Wolfgang von Goethe y al mismo tiempo el clásico por antonomasia de la literatura alemana. Esto no deja de ser curioso, dado lo poco canónica, compleja y por momentos extravagante que llega a ser la obra, al menos en su segunda parte. Hay que tener en cuenta que se trata de un libro gestado a lo largo de toda la prolongada vida de su autor y que ha ido variando de estilo, ideas y argumento con el pasar del tiempo. Por eso, si el Fausto I, mucho más conocido y representado, mantiene todavía la vinculación con un argumento lineal basado en una leyenda medieval sobre el pacto de un viejo profesor con el diablo a cambio de obtener la juventud y la satisfacción vital, el Fausto II es ya una obra tipo cajón de sastre en la que cabe absolutamente de todo, tan desconcertante como moderna en su estructura y contenido, que apenas sigue ya el argumento original salvo por el hecho de que la apuesta inicial con el diablo, llamado Mefistófeles, se revuelve al final de la obra y porque este es el eterno acompañante del protagonista, un alter ego tan necesario para mover la acción e introducir el humor, como para justificar los ágiles diálogos sobre los que se sustentan las ideas de fondo, a la manera de lo que ocurre con las parejas más clásicas de la literatura como Quijote y Sancho o Don Giovanni y su criado Leporello.

El abrumador conglomerado de ideas científicas, filosóficas, literarias o estéticas que contiene el Fausto lo convierte en una obra siempre abierta que se puede abordar desde las perspectivas más variadas e incluso contradictorias, por lo que su interpretación no es fácil ni debe ser cerrada. Por otro lado, no conviene olvidar que Fausto es, al fin y al cabo, una construcción estética, por lo que muchas veces el argumento se pone directamente al servicio de la pintura plástica de una bella escena que sirve para exhibir todos los recursos del mejor arte y de la más hábil métrica; es más, no se debe olvidar que Fausto es teatro para ser visto en escena y entretener al público. El propio Goethe insiste en ello pidiendo que no se pierda de vista esa perspectiva a fuerza de querer exprimir sesudas interpretaciones de cada escena y cada verso de la obra.

Pero, con todo, y más allá de sus méritos artísticos, lo cierto es que Fausto nos ha legado una pintura inolvidable de lo que somos todos nosotros, simboliza mejor que nadie el mito del hombre moderno, ese hombre que conoce la ciencia contemporánea y por eso ya no puede aferrarse fácilmente a ideas de trascendencia para darle sentido a su vida, ese hombre con un ego monumental que no es capaz de conformarse con ser una mota de polvo en el universo, que corre sin parar en pos de la satisfacción de nuevos deseos sin lograr calmar nunca su ambición, hasta que un día la muerte le sorprende en medio de su carrera frenética sin que le haya dado tiempo a detenerse nunca a disfrutar de un momento de dicha sencilla. Fausto es el equivalente del ego moderno desmesurado y eternamente insatisfecho.

  • Goethe, J. W. von, Fausto, una tragedia de Johann Wolfgang von Goethe, Helena Cortés Gabaudan (ed. bilingüe), Abada: Madrid, 2010.
  • Safranski, R., Goethe. La vida como obra de arte, Tusquets: Barcelona, 2015.
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