Eugenio Carmona
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Si el collage y el ensamblaje eran contradictorios con respecto a la "pintura pura", lo que comenzó a desarrollar Picasso en 1914 era contradictorio con respecto al "principio collage". Picasso volvió al arte figurativo y puso las bases de una nueva comprensión moderna del clasicismo como propuesta estética situada en el devenir de la historia del arte. A este nuevo clasicismo picassiano, o a este clasicismo moderno picassiano, se lo ha considerado como estímulo y parte del llamado "retorno al orden". Pero nada en la propuesta picassiana tiene que ver, en verdad, ni con la noción de "retorno" ni con la idea de "orden". Picasso quiere convocar la memoria del arte clásico en el presente. Picasso quiere una reescritura del arte clásico que, considera –y esto es difícil de entender, pero hay que pensar en ello– como algo "equivalente" al cubismo.

Pero esta visión retrospectiva de un "Picasso Clásico" es engañosa. Picasso, al mismo tiempo que "reescribía" el clasicismo, expandía el cubismo y lo diseminaba acercándolo de nuevo a la abstracción y difería el cubismo hacia algo que, por primera vez en la historia, Apollinaire llamó "super-realismo". Picasso interiorizaba cada vez más su sujeto múltiple y lo aplicaba a su arte múltiple.

Con este bagaje, y totalmente ajeno a la Revolución Rusa y a sus consecuencias, Picasso, por amor, por necesidad, por provecho económico, por interés estético, por puro ponerse en movimiento en los difíciles años de la Primera Guerra Mundial, trabajó con Los Ballets Rusos. Algunos historiadores más exigentes no han entendido bien este hecho y casi lo plantean en la esfera de la superficialidad mundana como si se tratara de un ocasional ex cursus picassiano. Pero Picasso, en su trabajo con Los Ballets Rusos, acarició la tentativa de la "obra de arte total", sintió la necesidad –gracias a Massine– de reencontrarse con su cultura vernacular (otra "reescritura") y vio la posibilidad de expandir el arte moderno ante públicos antes inesperados.

En este transcurso, el matrimonio y la paternidad situaron un punto de inflexión en la vida de Picasso. El artista lo recogió en su obra. Pero en apenas un lustro la situación giró sobre sí misma. Picasso tuvo problemas de identificación con su propio sujeto. Picasso creía que la verdad era algo distinto de la praxis. Se equivocó. Pero también ocurrió que "los felices veinte cambiaron" y que una nueva generación de creadores pasó a ocupar el protagonismo de la escena del arte moderno. Los más jóvenes convirtieron a Picasso en mito y referente, pero el artista se sintió extraño consigo mismo al verse situado en la posición "senior" y ante la mirada retrospectiva sobre sí mismo y su obra. Habían llegado los surrealistas. El arlequín picassiano mostró su rostro escindido y la imagen sexualizada se convirtió en metáfora de un cambio profundo en la compresión del mundo, de la vida privada y de las relaciones interpersonales.

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