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En su acepción más estricta la Ilustración es un movimiento intelectual del siglo XVIII; quizá mejor debiéramos decir, el movimiento intelectual de ese siglo. Cuando pensamos en él nos referimos a una serie de filósofos, o, quizá mejor, philosophes, sobre todo franceses, pero también británicos y alemanes. Basta dar unos nombres: Montesquieu, Rousseau, Voltaire, los enciclopedistas (D=Alembert, Diderot); por parte británica Locke y Hume son quizá los más destacados; y por parte alemana, Lessing y Kant. Esta pequeña lista no tiene pretensiones exhaustivas, por supuesto; está solamente ad demonstrandum. No sólo hay muchos más filósofos ilustrados en el siglo XVIII, y no sólo en esos tres países, sino que hay otros pensadores que no consideramos ya propiamente filósofos, pero cuya obra está muy relacionada de un modo u otro a las de los que acabo de enumerar.

Pero ¿qué tiene en común estos filósofos, que tiene de nuevo esta nueva corriente que llamamos la Ilustración, nombre que ella misma se dio? Kant la definió así: La ilustración es la liberación del hombre de su culpable incapacidad. La incapacidad significa la imposibilidad de servirse de su inteligencia sin la guía de otro. Esta incapacidad es culpable porque su causa no reside en la falta de inteligencia, sino en la falta de decisión y valor para servirse por sí mismo de ella sin la tutela de otro. (Sapere aude! (Atrévete a pensar por tí mismo! (Ten el valor de servirte de tu propia razón! He aquí el lema de la ilustración.
Esta nítida definición es veraz en cuanto que los ilustrados tenían el sentimiento de pertenecer a un grupo y de compartir un programa, y este programa, como Kant lo definió certeramente, tenía por primer mandamiento la independencia de pensamiento, la libertad intelectual y la ruptura de sujeciones e inercias mentales. Sería erróneo pensar, sin embargo, que nadie se rebeló contra la dependencia mental hasta el siglo XVIII. Precisamente los ilustrados eran herederos de la llamada Revolución Científica del siglo anterior, cuyos más destacados protagonistas (Copérnico, Tycho Brahe, Kepler, Galileo, Descartes, Leibniz y Newton) se habían distinguido por su labor de demolición de la cosmología recibida y por la erección de un nuevo edificio científico físico que entonces constituía algo totalmente revolucionario, que sentó las bases de la ciencia moderna, y que chocó con fuerte resistencia social: es conocido el miedo que le daba a Copérnico la difusión de su teoría heliocéntrica, y es notoria la persecución de la Iglesia católica a Kepler y, sobre todo, a Galileo.

El caso es que, si la llamada Revolución Científica produjo el nacimiento de las ciencias físicas modernas, la Ilustración tuvo el mismo efecto con respecto a las ciencias sociales, que nacieron con un siglo de retraso con respecto a las físicas. Es muy posible que la explicación de la eclosión de las ciencias físicas en los siglos XVI y XVII resida en tres fenómenos: la mejora de los conocimientos geográficos a raíz de los descubrimientos que se inician en el siglo XV; la invención de la imprenta en ese mismo siglo, que permite la difusión de los conocimientos de manera más rápida y económica; y la invención de instrumentos de investigación, sobre todo los ópticos, gracias a una serie de descubrimientos medievales, como las lentes de cristal, el reloj de muelle, la brújula, etc. El nacimiento de las ciencias sociales en el XVIII tiene sin duda mucho que ver con estos mismos fenómenos (la influencia de la ciencia física sobre la social es constante desde entonces), pero está aún más íntimamente relacionada con una serie de procesos sociales y políticos, en concreto la Reforma Protestante de un lado y las Revoluciones Inglesa y Holandesa por otro. Ambas revoluciones políticas facilitaron el desarrollo científico y tecnológico y de modo concomitante, la Revolución Industrial.

La revoluciones inglesa y holandesa pusieron fin a la monarquía absoluta, y la inglesa inventó el sistema político parlamentario y la monarquía constitucional. No es casual que fueran seguidas por procesos de fuerte crecimiento económico que dieron lugar a intensa rivalidad y, en Inglaterra, a la Revolución Industrial. Ésta se vio acompañada en el tiempo por otra gran revolución política, la Revolución Atlántica, que tuvo lugar a finales del XVIII y principios del XIX con la independencia de Estados Unidos, la Revolución Francesa, y la Independencia de Iberoamérica. Esta gran revolución política en el mundo atlántico, que estaba inspirada en la Revolución Inglesa, pero que en muchos aspectos la superó, dio lugar a un siglo XIX de intenso desarrollo económico en Norteamérica y Europa. Hay que señalar que tanto la Revolución Holandesa del XVII como la Iberoamericana del XIX fueron incompletas, y eso explica la ejecutoria económica relativamente truncada a que dieron lugar.

La Revolución Inglesa y la Atlántica, íntimamente asociadas con el movimiento intelectual de la Ilustración, constituyen la primera gran discontinuidad en el proceso de crecimiento contemporáneo. Pese a las perturbaciones que causaron, a la larga, insisto, permitieron un crecimiento económico sin precedentes.

La segunda gran discontinuidad en el crecimiento se produjo en el siglo XX, y es la Revolución Socialdemócrata, o Proletaria. Las revoluciones inglesa y atlántica (que podemos englobar como revoluciones liberales) habían dado entrada en el poder político a las clases medias, pero habían excluido a los obreros o proletarios, al privarles del acceso al voto. Con el desarrollo y la industrialización este grupo social fue haciéndose más numeroso y fue reclamando su participación en el proceso político por medio del sufragio universal. Éste se fue extendiendo gradualmente desde finales del siglo XIX y se impuso en casi todos los países desarrollados a partir de la Primera Guerra Mundial. Con el sufragio universal (la democracia), los partidos socialistas o laboristas llegaron al poder y se fue generalizando el modelo socialdemócrata, basado en el crecimiento del Estado asistencial (o Estado de Bienestar) y el arbitraje de mecanismos para que los obreros tomaran una parte creciente en las decisiones colectivas: sindicatos, comités paritarios, etc. El triunfo simultáneo del comunismo en Rusia por un lado facilitó la Revolución Socialdemócrata, pero por otro contribuyó a asustar a las clases medias y dio lugar a un fenómeno muy característico de ese mismo período: el triunfo del fascismo (nazismo, falangismo, salazarismo, etc.) en el sur y este de Europa, los países donde, por varias razones, menos asentado estaba el sistema liberal parlamentario. En la confrontación entre los Estados fascistas y los demócratas está el origen de la Segunda Guerra Mundial. Al triunfar estos últimos, el modelo socialdemócrata se generalizó en todo el mundo desarrollado, mientras el bloque comunista, que fue una aberración en los propios términos marxistas que el movimiento comunista proclamaba, se estancaba económica y socialmente.

El triunfo de la revolución socialdemócrata se vio acompañado de un renovado proceso de crecimiento económico aún más rápido que el del siglo XIX. Tras un siglo de intensa industrialización (el XIX), el crecimiento de la segunda mitad del siglo XX contempló los inicios de un proceso inverso: el de la desindustrialización o terciarización de las economías adelantadas, donde el aumento de los salarios encareció los costes de producción industrial en favor de los países semidesarrollados y favoreció la economía de servicios. Este fenómeno, junto con el sufragio universal y la difusión de las técnicas contraceptivas favoreció otro cambio social radical: la revolución femenina, con la masiva incorporación de la mujer al mercado de trabajo, lo cual a su vez ha tenido profundas consecuencias en la estructura de la familia y por lo tanto en la constitución básica de la organización social. Todo ello ha ido acompañado de la urbanización creciente, tanto en los países desarrollados como en los no desarrollados. Un poderoso motor de progreso ha sido el avance científico, que también ha crecido de modo impresionante desde la Revolución Industrial y que se ve estimulado por la terciarización de la economía y por la inversión creciente en investigación y en educación, sobre todo en el mundo desarrollado.
Por supuesto, una de las principales consecuencias del éxito socioeconómico espectacular de los último siglos ha sido una mejora también espectacular de las condiciones de vida (tanto las básicas: alimentación, vivienda, vestido, como las no básicas: cultura, salud, esperanza de vida, etc.) en Europa y en las demás regiones de la zona templada.. Uno de los resultados de esta mejora del nivel y la esperanza de vida (la vida media del hombre se ha más que doblado en un siglo; la europea ha pasado de 46 a 78 años; no se ha doblado porque era ya relativamente alta en 1900) ha sido el aumento de la población a ritmos crecientes. En números redondos, la población mundial se multiplicó por 6 entre 1800 y 2000, y sigue creciendo a un ritmo vertiginoso. La europea, por el contrario, creció moderadamente en el siglo XX y hoy se encuentra virtualmente estancada. Los niveles de vida europeos actúan como un imán sobre las poblaciones del Tercer Mundo y Europa es hoy, junto con los Estados Unidos, la tierra de promisión para una gran parte de la población mundial.

No debemos olvidar, sin embargo, que la hermosa historia del desarrollo europeo tiene su lado oscuro. Europa, la cuna de la democracia y de la convivencia, conoció terribles convulsiones simultáneas con la extensión de derechos y libertades. Se ha dicho que las dos guerras mundiales del siglo XX fueron en su origen guerras civiles europeas, y en gran parte esto es cierto. Correlativamente, Europa quedó gravemente debilitada tras las guerras. Aparecieron así dos poderosas razones para la Unión: el deseo de poner fin a las disensiones fratricidas, de un lado; y el de ganar presencia política y fortaleza económica, de otro. Se produjo el doble milagro económico y político: Europa se repuso espectacularmente tras los desastres de la Segunda Guerra Mundial y la recuperación vino estrechamente ligada a la progresiva integración económica y política. Hoy Europa constituye, con Estados Unidos, una de las dos grandes uniones multiculturales del mundo. Es el producto remoto de la Ilustración, cuyo espíritu es uno de los pilares constitutivos de Europa.

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