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Buena parte de la justificación de nuestras prácticas políticas apelan a los principios liberales. El liberalismo se ha convertido en la doctrina política predominante. La valoración de su solvencia requiere una exploración tanto de sus fundamentos doctrinales como de su capacidad para proporcionar una guía de acción ante los retos políticos contemporáneos. En la primera conferencia se explorarán las estrategias y problemas del liberalismo para dar cuenta de las instituciones democráticas contemporáneas. La democracia aparece con un ideal de autogobierno colectivo, mientras que el liberalismo apuesta por la maximización de la libertad personal. Dos principios que están lejos de convivir sin dificultades. Las modernas democracias liberales constituyen la expresión institucionalizada de tales problemas. Se han intentado justificar de diversas formar: como mercados políticos y como sistemas de selección de la excelencia política. Las dos presentan problemas.

En la segunda conferencia se examinan la capacidad del liberalismo para hacer frente a la crisis de Estado-Nación, en particular, a la revitalización de los nacionalismos. Según estos, los Estados de ciudadanos iguales en derechos y libertades tendrían que dejar lugar a comunidades políticas cimentadas en afinidades culturales. La comunidad cultural justificaría unas instituciones políticas que, por una parte, serían la "expresión" política de la identidad cultural y, a la vez, tendrían como tarea preservar esa misma identidad. La pertenencia a la comunidad política no se basaría en la voluntad sino en el origen cultural, en la identidad. Frente a estas tesis, el liberalismo sostiene que los individuos sólo están atados por los compromisos que aceptan personalmente. Desde esta perspectiva, los individuos, "con lo suyo", podrían ir donde quieran, sin dar cuentas a nadie. Mientras para el nacionalismo los vínculos entre las personas se basan en el origen cultural, sin poder escapar a ese horizonte, para los liberales la relación de los individuos con los Estados es matrimonial: si no me gusta lo que se decide, no juego. El problema para el liberalismo es que su "solución" supone la disolución de los espacios jurídicos compartidos. En nombre de la libertad se acaba con la libertad asegurada por la ley.

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