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YO NO SOY EL TEMA DE MI LIBRO

Andrés Trapiello explica con estas palabras el contenido de su intervención.

"Hay dos maneras de estar en un libro, en la literatura, en la vida. Los que procuran hacerse notar, y los que no; los que dicen: les voy a hablar de mí, y los que dicen: te voy a hablar de tí. Los primeros suelen ser también aquellos que, acabado ese tema de conversación, que, dicho sea de paso, suelen encontrar muy interesante, imploran a su interlocutor: ¿Y ahora, por favor, puedes hablarme un poco de mí? Lo contrario que los segundos, que si acaso se cansan de hablar de los demás, del mundo, de la realidad, de lo que les rodea, jamás pedirían a nadie que hablara de ellos. Al contrario, dirán: Por favor, hábleme de usted.

Cuando Miguel de Montaigne escribe en el encabezamiento de sus célebres Ensayos la conocida frase "Yo soy el tema de mi libro" no estaba siendo del todo sincero, porque hay en él muy poco de Montaigne en comparación con las expectativas que una frase como esa levanta. ¿Por qué razón quiso empezar, pues, de esa manera unos escritos tan originales y extraños, únicos hasta ese momento en la historia de la literatura y pioneros, como es sabido, de un nuevo género literario? En cierto modo, por modestia, como una manera de abordar los asuntos que le preocupaban, fuesen éstos elevados o sencillos, intrincados o elementales. Diríamos que fue una captatio benevolentia, ya que ponía en común con el lector lo común a todos nosotros, acaso lo único que nos hace verdaderamente iguales: el yo.

Pero sabemos que el yo es odioso (le moi est ha,efssable nos dirá Pascal) y por tanto la única traba en todo proceso narrativo. A veces el yo es una barrera infranqueable, y sin embargo buscamos en el narrador una voz propia, algo que la distinga de todas las demás voces. Ni siquiera perseguimos un asunto nuevo (los temas universales en la literatura suelen reducirse a media docena, el amor, la muerte, la traición, el fracaso, el honor, la búsqueda de la felicidad y algunos pocos más), sino un tono diferente. La poesía, decía Juan Ramón, es expresión, y la prosa, añadiría uno, es tono.

Durante años ha ido uno buscando en la vida, en la literatura, en el libro que escribe (ese eterno libro que es siempre el mismo libro) un tono suyo, en el que se den a partes iguales el yo y la ausencia de yo, ese libro en el que hablando de uno mismo se esté hablando de todo lo demás y hablando de todo lo demás hablemos sesgadamente de nosotros, de ese tú esencial que a todos nos agrupa en torno suyo. El libro en el que no tiene la menor importancia el libro, y sí la vida. Ese libro que se desdibuja de sí mismo, mimetizándose tanto con la vida, que es vida propia, nacida como un organismo único, que encuentra su maravilla en ser perfecto e imperfecto al mismo tiempo, a diferencia de los mecanismos incompletos, que en su imperfección sólo pueden ser perfectos.

De modo que ningún escritor puede en el fondo ser el tema de su libro, si este ha nacido vivo, por la misma razón que no ha nacido un solo hombre que sea él toda la vida, todo el mundo, toda la historia. Como la verdad, los libros acabamos haciéndolos entre todos. Por eso en un libro lo que primero sale sobrando es el yo. Y si Montaigne dijo "Yo soy el tema de mi libro" fue para que no se le tomara por demasiado presuntuoso diciendo que en absoluto era él el tema de su libro. Porque el tema de un libro es siempre la vida, y la vida es algo que recibimos en pro indiviso, algo de lo que, como decía Nietzsche, no nadie tiene derecho a levantar un falso testimonio. Y en literatura el testimonio más falso de todos suele ser precisamente el yo".

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