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1. El descubrimiento del cerebro
1.1.  El largo camino hasta Cajal
El cerebro siempre ha sido el órgano peor conocido del cuerpo y aún sigue siéndolo. En esta conferencia empezamos por pasar revista a la historia de nuestra ignorancia, que realmente era crasa hasta el siglo XIX. Aristóteles fue el más grande filósofo y biólogo de la Antig,fcedad. Sin embargo, sus ideas sobre la función del cerebro no tenían nada que ver con la realidad. Pensaba que el cerebro era un refrigerador, cuya función consistía en enfriar la sangre que el corazón calentaba excesivamente. Galeno fue el médico más notable de la Antig,fcedad y su nombre ha acabado por designar a la profesión médica. A diferencia de Aristóteles, Galeno diseccionó cerebros, pero no de hombres, lo que era tabú en Roma, sino de cabras y otros rumiantes, por lo que atribuyó a los cerebros humanos propiedades de los caprinos, como la presencia debajo del cerebro de una tupida red de vasos sanguíneos, la rete mirabilis, en la que el espíritu vital (la sangre arterial) se transformaría en espíritu animal (es decir, del ánima), un líquido que a partir del cerebro se distribuiría por los nervios, concebidos como tubos. Todavía Descartes, ya en el siglo XVII, seguía pensando en términos de los espíritus animales y de los nervios como tubos, y eso que llevó a cabo disecciones de cabezas de animales. Dio una explicación hidrodinámica del movimiento y la sensación ingeniosa pero equivocada. También su concepción del alma y del papel crucial de la glándula pineal del cerebro erraba por completo.

En la primera mitad del siglo XIX, Mathias Shleiden y Theodor Shwamm formularon la teoría de la célula y la hipótesis de que todos los seres vivos están compuestos de células. Jan Purkinje describió las primeras neuronas y sus dendritas. Wilhelm von Waldeyer conjeturó que las fibras nerviosas son extensiones de las neuronas, cordones de axones que forman parte de ellas. Por tanto, el sistema nervioso y en especial el cerebro no sería una masa o red continua, sino un sistema discreto de neuronas, conforme a la hipótesis general de la teoría celular. Esta opinión chocó con gran oposición, hasta que Santiago Ramón y Cajal, usando los métodos y tintes de Camillo Golgi, logró probar que Waldeyer tenía razón y estudió con inédito detalle y precisión la estructura de la neurona y del cerebro, fundando la neurología moderna.
1.2.  Abriendo la caja negra
La psicología introspectiva, experimental y conductista habían tratado de estudiar la conducta humana como un sistema de caja negra, en que los estímulos se asociaban a las respuestas sin considerar para nada el papel que el cerebro desempeñaba en esa mediación. Había que pasar de una teoría de caja negra a otra de caja  tra nslúcida, basada en mecanismos subyacentes. Algo parecido había ocurrido con el paso de la termodinámica fenomenológica a la mecánica estadística en física. Se trataba de asociar funciones psicológicas con partes del cerebro. Así, en el siglo XIX, diseccionando cadáveres de individuos con afasias o trastornos de habla, Paul Broca y Karl Wernicke descubrieron las áreas del cerebro que llevan su nombre y que intervienen, respectivamente, en la producción y en la escucha del habla articulada. A mediados del siglo XX, Roger Sperry, Michael Gazzaniga y otros exploraron la asimetría funcional de los hemisferios cerebrales, que permitía entender, por ejemplo, el papel dominante del hemisferio izquierdo en el lenguaje de los diestros. Ya en la última década, el descubrimiento de las neuronas espejo por Giacomo Rizzolati abre nuevas puertas a la comprensión de los fenómenos de empatía y compasión.

Ahora ya no hace falta esperar a que se muera el paciente para hacerle la disección y aprender algo acerca de la topografía funcional del cerebro. Desde el primitivo encefalograma hasta las técnicas más sofisticadas para la obtención de imágenes, como el magnetoencefalograma (MEG), la tomografía axial computarizada (CAT), las imágenes por resonancia magnética (MRI), la tomografía por emisión de positrones (PET) y las imágenes con xenón radiactivo (RCBF), toda una panoplia de instrumentos detectan a dónde afluye la sangre mientras se realiza una determinada tarea o cómo cambia localmente la actividad eléctrica del cerebro, lo que nos permite atribuir localizaciones anatómicas a las tareas psicológicas. De todos modos, el saber dónde algo se produce no equivale a entenderlo. La topografía funcional solo entreabre la caja negra. Entre la localización de la toma de decisiones y el descubrimiento y comprensión de cómo se toman las decisiones hay todavía un largo trecho por recorrer.

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