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Jesús Mosterín

El lugar de la cultura URL: https://www.march.es/conferencias/anteriores/voz.aspx?p1=21588

2. El triunfo del cerebro
2.1.  Genes y cerebro
Todos los seres vivos somos entidades termodinámicamente improbables, que solo conseguimos remontar la corriente universal hacia el desorden y la entropía a base de explotar los flujos de información del universo, a base de acumular y usar información. Los animales craniados tenemos en nuestro interior dos poderosos procesadores de información: el genoma y el cerebro. El genoma está en los cromosomas, encerrados en el núcleo de nuestras células. El cerebro está dentro de nuestro cráneo, como un tesoro protegido por una caja de caudales. Tenemos millones de millones de ejemplares del genoma, pero un solo ejemplar del cerebro. El genoma almacena la información en la secuencia de bases del DNA. El cerebro almacena la información en las pautas de conexión de las neuronas. El genoma es un procesador seguro, pero extremadamente lento. El cerebro es un procesador rapidísimo, capaz de responder en tiempo real a los retos que plantea un entorno cambiante. El procesador más fundamental es el genoma. Es el genoma el que ha "inventado" el cerebro, y no a la inversa.
El cerebro es un sistema más complejo que el genoma, con más grados de libertad. Por eso no es de extrañar que sea más difícil de conocer. Hasta ahora hemos tenido más éxito en la exploración del genoma que en la del cerebro; hemos logrado conocer mejor los mecanismos fundamentales del genoma que los del cerebro. De todos modos, el descubrimiento y la elucidación funcional de cada uno de los genes implicados en el desarrollo del cerebro y de las circunstancias bioquímicas de su activación y desactivación ofrecerá nuevas avenidas al estudio de los mecanismos y sistemas cerebrales. En cualquier caso, el triunfo en el descubrimiento del genoma es un triunfo del cerebro, una etapa decisiva en el tortuoso camino hacia el autoconocimiento de sí mismo.
2.2.  El lugar de la cultura
La naturaleza humana, la natura, está inscrita en nuestro genoma, como la cultura está inscrita en nuestro cerebro. La naturaleza es estática durante nuestra vida: nuestros genes no cambian; morimos con los mismos genes con los que nacimos e incluso con los mismos con los que fuimos concebidos en el momento de la fecundación (la fusión de medio genoma procedente del padre con otro medio genoma procedente de la madre para formar un nuevo e inédito genoma individual). La cultura es dinámica, va cambiando continuamente. Cada día aprendemos y olvidamos cosas. La natura se transmite genéticamente. La cultura se transmite por aprendizaje social. Nuestra natura, nuestro genoma, procede solo de nuestros ancestros, mientras que la cultura nos llega de otros muchos individuos que no son ancestros nuestros. El estudio fundamental de la dinámica cultural está a la espera de un mejor conocimiento de la plasticidad funcional del cerebro, de cómo se codifica la información cultural en detalle, de cómo se añade, se borra y se cambia.
El fenómeno cultural se da en numerosas especies animales. Desde hace cinco mil años asistimos a una formidable explosión de la cultura humana, posibilitada por la introducción de soportes artificiales y extracerebrales de la información cultural. La invención de la escritura permitió registrar los datos, recuerdos y fantasías fuera de nuestra cabeza, sobre un ladrillo de arcilla o una lámina de papiro prensado. Empezó a haber contenidos culturales fuera del cerebro. La invención de la imprenta no hizo más que acelerar el proceso. La Enciclopedia Espasa nunca ha estado en el cerebro de un ser humano; solo ha existido en los noventa gruesos volúmenes de papel que la componían. Nuevos soportes, como los discos gramofónicos de vinilo, las placas fotográficas y las cintas magnéticas ampliaron este campo. En las últimas décadas, la combinación de las computadoras con la red de Internet y sus múltiples servidores, acompañada de toda la parafernalia de la informática actual, ha creado un espacio enorme donde no solo se almacenan contenidos culturales, sino donde también se procesan y cambian. Es lo que se llama la web-2, que tiene ciertas semejanzas estructurales con un "supercerebro", cuyas "neuronas" seríamos nosotros. Esto es una metáfora, claro está, pero no deja de representar un triunfo impresionante de las potencialidades del cerebro real, el que está dentro del cráneo.

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