Pedro Manuel Cátedra
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En el principio está sin duda la práctica literaria, la práctica intelectual, en cualquiera de sus facetas y de sus medios de manifestarse, visuales y textuales, orales o escritos. Pero sólo ciertas intermediaciones, que ahora podemos percibir,  permiten poner a individuos o colectivos de personas en situaciones sociales o culturales lo suficientemente límites como para que afloren aspectos representativos y comunes de las prácticas y de los usos de los textos, que a su vez hacen posible un lugar en la historia y su propia definición historiográfica.

Podríamos considerar que, durante los siglos xvixvii, la censura fue una de esas intermediaciones privilegiadas, si no culturales, sí  al menos materiales y ejecutivas. Tanto la práctica de la autocensura como la censura ejercida por instituciones civiles o religiosas acaban concentrando la atención de agentes y pacientes del control en los aspectos comunes de las prácticas literarias y de lectura, uso de libros y relación con los textos orales y escritos. Estos aspectos, que son además los más reales y los más extendidos de la relación y del uso de los textos, no siempre quedan atendidos en la observación que se hace desde una perspectiva más literaria que sociológica.


La Inquisición aplicó sus desvelos en pro de la ortodoxia a todas las clases sociales y gracias a los procesos que se conservan es posible diseñar una historia de la lectura o de la relación con los textos orales y escritos que ha sido muchas veces opaca a los ojos de la historiografía moderna. Es cierto que hoy sabemos que cualquier heterodoxia tiene un porcentaje altísimo de construcción artificial y teórica por parte de quienes ejercen el control y la definen sobre la base de una casuística detallada, que se aplicaba automáticamente y que se reconocía en los pacientes colectivos e individuales como si de un guión se tratara - así casi todas las herejías modernas o la brujería- . A esto habría que añadir la plomada que viene a significar el corsé de una instrucción judicial acorde con unos protocolos tanto o más perfectamente regulados que otros de índice procesal. No obstante, en procesos inquisitoriales no totalmente relacionados con la lectura, o en actos de control específico de ésta, como las censuras o las recomendaciones de quienes disponían de la autoridad, pluma o púlpito para poder hacerlas, permean no pocos datos que permiten reconstruir una nueva historia de la relación con los textos y poner en relieve los cambios sociológicos de esa era de la aculturación tipográfica que es el espacio cronológico al que se refiere el título de la conferencia, así como también de la relación peculiar y bien diferente de la actual que los lectores tienen con los textos, de cualquier categoría que éstos fueran. Para esto es fundamental la autoridad normativa que se reconoce al texto, manuscrito y, sobre todo, impreso, hasta extremos que hoy nos parecen inverosímiles, ya que lleva a confundir fronteras tan delimitadas ahora como la ficción y la realidad, la historia y la poesía en su sentido clásico, y ello en cualquiera de sus niveles.

En esta conferencia se planteará esta cuestión y se propondrán líneas para la construcción de esta realidad historiográfica atendiendo a fuentes o documentación inédita procedente de actos de censura, procesos de Inquisición o directrices educativas. De un lado, se estudiará el acceso y el uso de los textos orales y escritos en el ámbito de las clases sociales de formación emergente, en especial lo que se conoce como la literatura popular impresa - cuyo concepto se revisará- , tanto en verso como en prosa, y la contribución de ésta a la conformación de una cultura propia, que no sólo será referente para la ficción y el entretenimiento, sino para regir comportamientos sociales o religiosos. De otro lado, se propondrá la consideración de estos grupos y de otros grupos que amalgaman su historia parejamente

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