María José Vega Ramos
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A finales del siglo XV los estamentos eclesiásticos dispensaron a la nueva invención de la imprenta una acogida calurosa y entusiasta. La saludaron como arte divina, capaz de dar al mundo tesoros de sabiduría y enseñanza, de expandir la devoción, de fomentar la lectura espiritual y el conocimiento de la historia y las ciencias. Como diría el franciscano Bernardino da Feltre, en estos nuevos tiempos, con tal luz y abundancia de libros, no le quedarían ya al hombre excusas para no saber. Pronto, sin embargo, la fascinación por la escritura mecánica comenzó a reparar no sólo en sus beneficios, sino también en sus peligros. En la bula Inter multiplices, de 1487, el papa Inocencio VIII ensalzaba la utilidad de las prensas, porque multiplicaban el número de los libros buenos, pero precavía ya de sus riesgos, porque muy bien podrían, con la misma eficacia, difundir doctrinas perversas y saberes falsos. Establecía por ello la institución del imprimatur, y entendía que el oficio pastoral del cuidado de las almas debía extenderse al trabajo de los impresores y al contenido de los libros. La íntima relación, en la Europa moderna, entre imprenta e instituciones censorias puede trazarse, pues, desde sus inicios, y se extiende a lo largo de varios siglos. Su expresión más visible es, sin duda, la de los vastos Indices de libros prohibidos que compilaron las autoridades religiosas romanas, tridentinas y nacionales, pero la vigilancia de libros y prensas adopta también formas menos conspicuas, o más capilares, pero no menos efectivas. Esta ponencia se propone exponer los hitos principales de este proceso de creciente intervención sobre la lectura, describir la justificación teórica de la censura de los libros de ficción y entretenimiento, y proponer una revisión general de la relevancia de las instituciones censorias para los intercambios culturales y textuales en la gran literatura áurea. Su título encierra un homenaje al historiador italiano Adriano Prosperi, que con la expresión de tribunal de las conciencias se refería a la suma de censura y confesión, por entender que ambas disponen, en efecto, de la potestad de indagar en lo más íntimo del espíritu, en las convicciones y en los deseos, y en los actos silenciosos y privados de la lectura y la imaginación.

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