Fernando Rodríguez de la Flor
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La virtud de la amicitia corona y preside, en  la tradición de origen platónico, el conjunto de los realces programáticos a que tiende durante el Renacimiento la formación integral del hombre de saber. Es una imagen pregnante y persuasiva acerca del valor que la franqueza y la audacia frente a las estrategias de la censura alcanza en el diseño moral del "nuevo hombre", el cual, investido en la recién adquirida dignidad por la que, por ejemplo, aboga un Pérez de Oliva en su famosa Oratio -Diálogo de la dignidad del hombre-, muestra a todos el camino de su corazón, mientras exhibe su interioridad abierta; consciente por vez primera -y hasta orgulloso- de los contenidos con que se ha ido construyendo su intimidad, su alma toda.
   
Cien, ciento cincuenta años después, en los tiempos del sujeto barroco en los que vive Baltasar Gracián y la pléyade de los téoricos españoles de la conducta, los diálogos sobre la amicitia, las proposiciones para la forja de un hombre cuyo corazón compareciera abierto y sin recovecos, se han tornado decididamente anticuadas, inservibles, convertidas todas ellas en un mero conjunto de idealidades a las que la praxis eficaz del mundo pone en cuestión y finalmente niega.

El papel de la reserva crece, y la desconfianza se promueve ahora ante la entidad confusa de lo "real", y frente al temor de la determinación agresiva con que se manifiestan las causas exteriores, por las cuales cada potencia singular resulta infinitamente superada y entorpecida en el logro de sus finalidades e intereses propios. Ello se produce en medio de un escepticismo general que eclosiona a fines del siglo XVI. El desconfiado, el desconfiado  de Lope de Vega, se promueve ahora como la nueva figura que cristaliza en unos tiempos vueltos definitivamente, a efectos políticos y sicológicos, sumamente complejos, y en donde, en buena medida, naufraga lo que se ha llamado modernamente las "políticas de la amistad". Aquellas precisamente que ayudan a fraguar a las comunidades cívicas, y las ayudan a construir un futuro armónico que pueda conjuntar el bien propio (la "razón de sí") subordinándolo al general o común ("razón de Estado). O, por decirlo de otro modo, podemos considerar que en la nueva situación política española, en el tiempo de los validos y de la construcción de un poderoso entorno cortesano ya no tiene peso utópico el proyecto de una platónica armonía de los intereses y de las pasiones del hombre regidos por una república donde pueda imperar la razón investida del deseo de servir al bien de todos. Al contrario, el "interés propio", la política de los intereses se hace monstruosa, desequilibrada, sumergiendo a los cortesanos -que a estos efectos lo son todos los que intervienen en las producción simbólica- en un vértigo de maquinaciones e intrigas conducidas por las estrategias de la simulación/disimulación. Éstas juegan en un escenario máximo. El discurso de la política, convertida, en efecto, en política máxima, como reza el título de la obra de M. Pelegrin, arrasa con sus determinaciones y con el repertorio mismo de sus censuras e interdictos. En el terreno psicológico del nuevo sujeto, eso se traduce en el crecimiento exponencial de un universal disgusto y desafecto, que entre los hispanos puede ser leído como "discontento", "malestar", desencanto y final desengaño.

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