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Víctor Gómez Pin
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Víctor Gómez Pin

Las alforjas del filósofo. URL: https://www.march.es/conferencias/anteriores/voz.aspx?p1=22463

Es una situación  embarazosa la de alguien que, al ser preguntado por su profesión,  ha de responder "filosofo" o incluso "profesor de filosofía" .Y el problema no reside tanto en que el interlocutor no sepa en  que sector del conocimiento o de la técnica encasillar tal respuesta, como en el hecho de que, probablemente, el propio filosofo tampoco lo sabe.

Un filósofo es desde luego una persona cuya tarea es pensar, pero esto también caracteriza a Ramón y Cajal, Einstein, Gauss...a los que nadie (al menos de entrada) califica de "filósofos".El embarazo del profesional de la filosofía  se acentuará  además por una sospecha de lo que, ante su respuesta, el interlocutor empezará a barruntar. Pues si se hiciera una encuesta en la calle sobre el tema, la gran mayoría de los interrogados haría suya una opinión  del tipo siguiente: Los filósofos son tipos que habla sobre asuntos que sólo a ellos interesan y en una jerga que sólo ellos  (en el mejor de los casos) entienden". Difícil es para el filosofo convencer (tanto a los demás como a sí mismo)  de que la evocada imagen es una burda caricatura y que, en realidad, filósofo es exclusivamente aquel que habla de cosas que a todos conciernen y lo hace en té rminos, de entrada, elementales y que sólo alcanzan la inevitable complejidad respetando esa  absoluta exigencia de transparencia que viene emblemáticamente asociada al nombre de Descartes. Si se postula que un filósofo habla exclusivamente de asuntos que a todos conciernen, entonces el que la filosofía llegue a ser una   práctica  generalizada, se convierte en una exigencia democrática,  tanto más urgente cuanto más alejado se halla el ciudadano de tal práctica. Este presupuesto tiene una consecuencia inmediata sobre el instrumento de la filosofía, que no es otro que el lenguaje inmediato e inevitablemente equívoco del que se nutre la vida cotidiana: en el hablar ajeno a la jerga filosófica ha de encontrar la filosofía no sólo arranque, sino tensión e impulso para sus objetivos. Mas precisamente por lo ambicioso de éstos, la filosofía acaba exigiendo un  grado de tecnicidad y hasta de erudición que incluye, por supuesto, la historia misma de la filosofía:

El filósofo ha de determinar cuál es su objetivo, qué tipo de interrogaciones le caracterizan en el seno de de aquellos cuya función es plantear interrogaciones.

Una vez realizada esta tarea, una vez delimitado el objetivo, el filósofo (como toda persona razonable) ha de valorar si se encuentra en condiciones de afrontar dicha tarea, es decir: si reúne tanto la potencia de pensamiento que el asunto requiere como los instrumentos sin los cuales tal potencia sería inoperante. El filósofo, en suma, como todo aquel que se propone alcanzar un objetivo, ha de estar provisto de alforjas, y ha de revisar periódicamente las mismas,  por si algún instrumental exigido por un imprevisto obstáculo  no estuviese disponible.

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