Jordi Agustí
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De acuerdo con la teoría de la evolución en vigencia desde hace más de 100 años, el darwinismo, la persistencia de individuos que no pueden contribuir reproductivamente a la siguiente generación constituye un ejemplo pasmoso de ineficacia evolutiva. El darwinismo postula que las especies que sobreviven a lo largo del proceso evolutivo son aquellas que contribuyen a la siguiente generación con mayor número de descendientes (que, de esta manera, difunden el propio patrimonio genético). Desde esta perspectiva darwiniana, la persistencia de individuos muy longevos que ya no pueden contribuir a la perpetuación de la especie ha constituido desde siempre una paradoja evolutiva: ¿para qué sirven los individuos -machos o hembras- una vez han superado la edad de procreación y de transmisión del propio acervo genético? En particular, el descubrimiento reciente en el yacimiento de Dmanisi, en Georgia, fechado en cerca de 1.800.000 años, de un individuo muy viejo que había perdido toda su dentición, ha obligado a replantear crudamente esta cuestión. En este individuo, los alvéolos, es decir, los orificios donde se alojaban las raíces de los dientes, estaban ya completamente reabsorbidos por el hueso, lo que quiere decir que hacia años que no podía masticar carne o vegetales duros. Dada la ausencia de árboles con frutos en el entorno de Dmanisi, es evidente que aquel viejo tuvo que ser mantenido activamente por el grupo al que pertenecía, quienes tendrían que haber preparado previamente los alimentos que iba a ingerir. En el contexto de las duras condiciones de vida de los homínidos de principios del Pleistoceno ¿qué sentido biológico tenía mantener a un individuo que no podía valerse por si mismo y que ya había cumplido con sus funciones reproductoras? En cualquier caso, Dmanisi demuestra que este tipo de comportamiento cooperativo estaba ya establecido entre los homínidos de hace dos millones de años.

La clave en este y otros casos, tal vez se encuentre en determinados procesos ininteligibles desde los límites de la selección estrictamente individual. En efecto, existe un cierto número de caracteres que no son específicos del individuo, sino de la especie a nivel general, y que, sin embargo, aparecen como manifiestamente favorecidos por la evolución. Aunque sobrepasan los límites de la individualidad, estos caracteres favorecen a su vez la supervivencia de los individuos a nivel supraindividual, desde una perspectiva de especie. Es lo que se ha llamado "selección de especies" o "selección a nivel de especie" (una variante heterodoxa del darwinismo) y que suelen afectar a aquello que se conoce como "trayectoria vital" del individuo, es decir, aquellos caracteres que afectan fundamentalmente a la edad de nacimiento, crecimiento, reproducción y muerte dentro de las poblaciones (los llamados factores demográficos y que no son característicos de los individuos sino de las especies). Y es que aquellas especies que tiendan a presentar trayectoria vitales con individuos suficientemente longevos, estarán mejor preparadas para hacer frente a crisis climáticas de corto periodo. El senado, por tanto, constituye una suerte de memoria del sistema que en determinadas momentos permite la supervivencia del grupo en condiciones adversas. Este tipo de estrategia se ha desarrollado preferentemente en organismos migradores, como las aves, los elefantes, algunas tortugas, algunos dinosaurios y nosotros mismos cuando, en nuestra temprana etapa carroñera de Homo habilis, nos dispersamos desde Africa por todo el viejo mundo.

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