Enric Bufill
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El retraso genómico es el desfase existente entre nuestro genoma, que condiciona una fisiología y psicología seleccionadas para sobrevivir en el medio en que evolucionó la especie humana y el mundo artificial creado por la cultura, cuya acelerada evolución impide que se seleccionen las adaptaciones correspondientes, lo que provoca en muchos seres humanos trastornos físicos y emocionales.

Nuestro genoma fue seleccionado durante mas de dos millones de años para adaptarse al entorno del Pleistoceno, período en que nos convertimos en humanos. Los caracteres exclusivos de nuestra especie fueron seleccionados durante este período, que constituye el 99% de la historia del género Homo y el 95% de la historia de nuestra especie, Homo sapiens, durante el cual nuestros antepasados vivieron como cazadores-recolectores. Aunque se han producido algunos cambios genéticos desde el origen de la agricultura, hace diez mil años, estos han sido poco significativos. Desde el punto de vista anatómico, fisiológico y emocional, el Homo sapiens sigue siendo un cazador-recolector. Los cambios culturales se han hecho excesivamente rápidos para que podamos adaptarnos a ellos genéticamente. Nuestros genes fueron seleccionados para adaptarse a un entorno que ya no existe, por lo que genes que fueron útiles en el entorno ancestral en el que evolucionamos pueden aumentar la susceptibilidad a las enfermedades del mundo desarrollado.
La diferencia entre el estilo de vida de nuestros antepasados cazadores-recolectores y los habitantes de las sociedades desarrolladas actuales no puede ser más radical. El entorno en que evolucionamos implicaba ejercicio físico intenso, alimentación pobre en ácidos grasos saturados, sodio y azúcar, cambios culturales lentos y vida en pequeños grupos de cuyos miembros se recibía apoyo emocional. Los miembros de las sociedades desarrolladas, por el contrario, suelen llevar una vida sedentaria, una dieta excesiva en grasas saturadas, sodio y azúcar, estrés emocional crónico al cual no puede responderse con las reacciones de lucha- huida a las que nos preparó nuestra evolución y aislamiento social y emocional.

Este estilo de vida ha contribuido a la alta frecuencia de enfermedades cardiovasculares, obesidad, diabetes y trastornos emocionales, como ansiedad y depresión, que se han convertido en una epidemia en las sociedades desarrolladas. Cambios en el estilo de vida inducen cambios epigenéticos: la disminución del ejercicio físico, el exceso de grasas o el estrés crónico pueden inhibir la expresión de determinados genes lo que podría llevar a la aparición de trastornos emocionales crónicos, como ansiedad o depresión, a trastornos de la neuroplasticidad y, por tanto de aprendizaje y memoria y a aumento del estrés oxidativo neuronal. Una mejor comprensión del medio en que evolucionamos podría ayudarnos a llevar vidas mucho más saludables, sin renunciar a los beneficios de la civilización.    

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