Javier Rodríguez Marcos
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Una poética es una metafísica. Un poema, una metamorfosis. ¿Y qué es, en el fondo, una poética? Me temo que, ante todo, un pliego de intenciones, de buenas intenciones. Las poéticas son casi todas idealistas. Hablan menos de lo que uno escribe que de lo que le gustaría escribir. Son como un programa político en campaña electoral. La realidad, la torpeza o el despiste lo vuelven todo mucho más prosaico a la vista de los mismos poemas que, teóricamente, las poéticas se afanan en retratar. Si una poética es un diagnóstico, un poema es una medicina, es decir, un compuesto químico lleno de contraindicaciones y efectos secundarios: el que es bueno para la cabeza provoca dolor de estómago, el que sube la tensión provoca insomnio, el que busca la perfección en el dominio de la técnica provoca hipotermia y tensión baja. Puestos a elegir, yo prefiero los que asumen algún riesgo y, siendo más imperfectos, alteran la circulación de la sangre buscando menos la perfección que la emoción.
   
Y de la emoción ya sabemos que va por barrios. André Gide decía, creo que en El inmoralista, que si nos dieran la felicidad de los demás no sabríamos qué hacer con ella. Lo mismo pasa con la emoción, que para un lector puede ser vital y para su vecino, ridícula. De ahí que la lectura de un poema sea, en el fondo, intransferible. No creo que la poesía pueda cambiar a la humanidad, pero sí a los seres humanos, no cambia el mundo, pero sí el metro cuadrado desde el que uno trata de conseguir que el mundo cambie. En esa batalla cuerpo a cuerpo se genera, entre el poema y el lector algo parecido a lo que sucede entre dos amantes. En su conversación hay algo que siempre escapará a los que no forman parte de esa pareja. De ahí que entre ellos se desarrolle un idioma secreto hecho de palabras públicas cuyo significado es privado: sólo existe para ellos, está hecho de diminutivos cursis y lugares comunes. Para el resto, esas mismas palabras, y esa manera de decirlas, pueden resultar tan herméticas como banales. Aceptado el carácter bienintencionado de toda poética, me agarraré a una frase de Nietzsche que siempre me ha parecido certera: "Lo que tiene historia no puede tener definición". Eso le pasa también a las palabras, por mucho que a los poetas les guste buscar definiciones eternas. Toda definición quiere ser, claro, definitiva. Ya el propio T. S. Eliot, al dar justamente una definición de poesía, decía que ésta se movía en la intersección entre la eternidad y el tiempo, algo que bien podríamos traducir por intersección entre definición e historia, entre metafísica y metamorfosis.
   
Así pues, trataré de conjugar la historia de lo que he escrito con una definición portátil, precaria y provisional de la poesía tal y como yo la veo. Lo primero nace de las pocas certezas contenidas en los tres libros de poemas que he publicado hasta ahora: Naufragios, Mientras arden y Frágil. Lo segundo, de las dudas que me asaltan al escribir ahora, un proceso en el que siempre está menos claro lo que se quiere decir que lo que se quiere callar. Porque, en el fondo, cada nuevo poema se escribe contra el anterior y cada libro para corregir el precedente, para tratar de decir lo que quedó por decir, para decir algo mejor lo ya dicho.

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