José Carlos Llop
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Sabemos que la estética está profundamente relacionada con la belleza y con el arte -que no siempre equivalen a lo mismo. En ocasiones -las menos- el verdadero esteta funda una nueva belleza -deposita su mirada sobre ella y reclama así la atención de los demás; en otras se fundamenta sobre la tradición para recrear su propio canon estético. En el primer caso, sólo algunos -estetas también a su vez- captan y adoptan y propagan esa nueva forma. En el segundo es la sociedad -en su estrato más snobish y huidizo, el de la moda- quien inmediatamente se refleja en esa recreación.

¿Nombres?: cada uno de nosotros tiene su particular santoral. En el mío están Visconti, Beistegui, Praz o Anthony Blunt. Los hay que abarcan desde Manolo Blanik a Peter Greeneway, pasando por Andy Warhol. Pero el esteta, ¿lo es toda la vida (una vida destinada a ser, de algún modo, obra de arte)? ¿O la naturaleza del esteta puede ser efímera? Partiendo de los modelos citados, mi conferencia se centra en una etapa muy poco conocida de Llorenç Villalonga, la de entreguerras.

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