Antonio Carreira
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Para conocer épocas lejanas como el siglo de oro, hay solo dos caminos: el primero, dificultoso y reservado a especialistas, consiste en ir a los textos y a los paratextos, impresos y manuscritos, y sacar conclusiones, siempre expuestas a error por cualquier deficiencia informativa. El segundo, que es el más común, consiste en dejarse llevar por lo que dicen los manuales, readers digests que nos dan la tarea hecha. Ahora bien, así como los diccionarios de la lengua remontan siempre al origen, que es el Diccionario de Autoridades, también los manuales copian unos de otros y remontan a Menéndez Pelayo, el cual, en este caso, se dejó llevar de una fácil antinomia propuesta en el siglo XVIII por el marqués de Valdeflores: culteranos por un lado, conceptistas por otro. No faltó después quien a ambos bandos les pusiera caudillo, y de esa forma ya se pudo jugar a las guerras, como llevamos haciendo más de un siglo. Hora es ya de decir que las cosas no sucedieron según nos las han contado. Si un escritor de aquel tiempo levantara la cabeza y escuchara decir que los conceptistas peleaban contra quienes no lo eran no comprendería nada o se echaría a reír. En la literatura española de las primeras décadas del siglo XVII hubo tendencias, una de ellas derivada de la influencia gongorina, que llegó a todas partes y géneros literarios. Pero todos eran conscientes de que tal tendencia destacaba, ante todo, por su carácter conceptista. Es necesario recordar que la palabra concepto tenía entonces un sentido distinto al que después adquirió en la Filosofía: un significado retórico, y de ningún modo restringido a España ni a la literatura. Fuera de esa estela gongorina hubo quienes prefirieron un estilo más llano e inteligible, en el que la presencia de lo clásico fuese menos llamativa, es decir, menos dirigida a las minorías. No olvidemos que entonces había dos grupos de gentes de letras: los cultos, por un lado, con una base fuerte en latín, y los romancistas, entre los cuales no faltaron, paradójicamente, los analfabetos. Y del mismo modo, entre el público hubo también quienes se mantenían fieles a la lengua sencilla, apegada a las tradiciones vernáculas, y quienes preferían la más compleja venida de Italia y cultivada por los humanistas. Entre estos últimos, Góngora y sus seguidores introdujeron novedades que si deslumbraron unas veces, otras no fueron bien recibidas o se consideró que iban contra el decoro, es decir, contra lo estipulado en los tratados más rancios, derivados de Aristóteles, Cicerón, Hermógenes y sus comentaristas italianos. Tal fue el origen de la polémica más sonada del siglo XVII, en la cual Quevedo, curiosamente, participó en muy escasa medida, comparado con Jáuregui o Lope de Vega.

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