Antonio Regalado
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Serán objeto de esta presentación, los profundos resortes de un arte incomparable  y de su intima relación con una reflexión que sometió los impulsos fundamentales de la naciente Modernidad, que el dramaturgo madrileño vivió en la carne, a una implacable crítica. Poesía dramaturgia y pensamiento se ayuntan en una obra, en la que conspiran milagrosamente el "concepto imaginado" y el "práctico concepto", el acto de la escritura y  su puesta en escena.

Reaccionario, conformista y ortodoxo, o libertino, subversivo y escéptico poeta de la Inquisición o dramaturgo ateo, según los gustos de sus intérpretes a lo largo de cuatro siglos, Calderón se preocupó de representar y dilucidar la problemática del mal y de la libertad, y del insaciable y demoníaco apetito de certidumbre que subsume la voluntad racional de la nueva época. A la vez es el gran dramaturgo del catolicismo; poeta de la fe y del misterio de la eucaristía, de la santidad y del martirio. Los personajes, que pululan en las comedias, las más lúdicas y gozosas de toda la literatura  europea y los  protagonistas de las tragedias se agitan entre el orden y la entropía, la certidumbre y la duda, el silogismo y el abismo.

El incondicional absoluto de la fe, la piedad, la reverencia y el asombro cohabitan con el escepticismo y el carácter problemático del pensamiento en el autor de obras con títulos como No hay mas fortuna que Dios, En la vida todo es verdad y todo mentira, Lo que va del hombre a Dios, No hay que creer ni en la verdad, La devoción de la cruz, Gustos y disgustos son solo imaginación, No hay instante sin milagro y La vida es sueño. La variedad de los géneros dramáticos que cultivó le permitió explorar desde distintas perspectivas el destino profano y terrenal de los personajes ya en clave cómica o trágica y el hado que obedece a un diseño de la providencia. Calderón arroja a sus personajes a un teatro en el que se ven impelidos a interpretar papeles en un guión en el que se sienten atrapados y se afanan en comprender. Sobrecogidos por dolorosas dudas no cesan de inquirir por el sentido del existir y de escudriñar los enigmas del destino, sobreabundancia de interrogaciones que resumen las que preguntan ¿Qué es el vivir?, ¿Qué es creer? Calderón es el gran cronista dramático del proceso del nihilismo que caracteriza la época moderna y en la que todavía estamos.

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