Javier Hernández-Pacheco
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La idea de Romanticismo, que empezó siendo un movimiento artístico, una teoría filosófica y una actitud existencial, se ha incorporado al lenguaje ordinario con suerte diversa y en cierta forma ambigua, hasta el punto de que uno nunca sabe si es bueno a malo que le apliquen el adjetivo. Es pues un término que requiere cierta clarificación semántica. Y eso es lo que se pretende aquí, rastreando las raíces históricas de este movimiento a finales del siglo XVIII. Como se expresa Friedrich Schlegel, el Romanticismo es el resultado en la emergente y juvenil intelectualidad alemana de fin de siglo, de la obra literaria de Goethe, de la filosofía de Kant, y más específicamente de Fichte, y de la difusión desde Francia de las ideas revolucionarias. De este modo, nada hay más alejado de este ideal que la imagen sensiblera del que esconde en la literatura su incapacidad creativa y la falta de voluntad para transformar la circunstancia histórica. Y tampoco tiene que ver el Romanticismo con lo que Goethe denominó “al alma bella”, o con lo que Marx denuncia en su crítica de los socialismos utópicos. La poesía no es un refugio, sino más bien la esencia misma de una realidad que busca su plenitud y que mientras ésta no es llega es sólo fragmento de sí misma. Y es responsabilidad del artista, no sólo dar voz a esa tendencia, sino colaborar prácticamente en la tarea en que el mundo propiamente consiste. El arte es así recreación del mundo más allá de sus límites fácticos, hasta hacer de las cosas lo que todo quiere ser: no sólo un mundo mejor, sino reflejo verdadero de lo fantástico. Eso ciertamente, se llama también Idealismo.
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