Jorge Olcina
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El riesgo es una condición condigna al ser humano desde el inicio de la historia de la Humanidad. El desconocimiento del funcionamiento de la Naturaleza y el temor ante sus fenómenos extremos en los primeros momentos y la pérdida del respeto hacia lo ambiental en tiempos más recientes, han convertido la espera de la catástrofe en un elemento común de la vida cotidiana. La probabilidad de que acontezca un peligro natural se ha asumido como un aspecto más del devenir de las sociedades en todo momento histórico. El ser humano vive en riesgo sobre la superficie terrestre. Y ha tenido, históricamente, una estrecha relación con el agua. Tales de Mileto, entre los filósofos presocráticos, afirmaba que el agua era la sustancia principal, el principio motor de la naturaleza. La presencia de corrientes de agua era condición básica para el establecimiento de poblaciones en el territorio y para el desarrollo de sus actividades económicas. Y esto ha sido así en todo momento histórico, hasta la actualidad. Con el avance de la ciencia y la técnica el ser humano ha llevado una lucha constante por domesticar el agua, por adaptarla a sus necesidades, buscando una regularidad en su funcionamiento natural que no siempre ocurre. El control de estiajes y crecidas en los cursos de agua ha sido –sigue siendo- una tarea principal para el desarrollo de las sociedades.

Sin agua es muy difícil la acción del ser humano sobre un espacio geográfico; la falta de agua provoca desabastecimiento y, en casos extremos, pero aún frecuentes en algunas áreas de la superficie terrestre, hambrunas y muerte. El exceso de agua es, también, un riesgo para el ser humano. La crecida extraordinaria del caudal de un curso fluvial y su posterior desbordamiento, origina daños importantes en los territorios afectados que pueden desembocar, asimismo, en la destrucción de la vida humana.  Sequías e inundaciones, extremos pluviométricos e hidrológicos, son los dos peligros naturales de mayor impacto socio-económico en el conjunto de la Tierra.

Con elevada frecuencia las inundaciones azotan a amplias regiones, en países desarrollados o pobres, ocasionando una ruptura en el funcionamiento normal de las sociedades que, en casos extremos, torna en catástrofe. El agua se convierte en fuerza impetuosa que no respeta la labor del ser humano porque éste, habitualmente, no ha respetado su territorio de crecida cuando ha instalado su vivienda y sus actividades en su proximidad. Son escasos los territorios de la superficie terrestre que escapan a los efectos de las crecidas fluviales. Cuestión distinta es que los cursos fluviales registren un grado mayor o menor de antropización y por tanto adquieran un grado elevado de riesgo para el ser humano. En general, todo territorio que se articule en torno a un espacio fluvial antropizado, es un espacio con riesgo de inundación. Ahora bien, el grado de riesgo dependerá del mayor o menor respeto que el ser humano haya tenido del funcionamiento natural de dicho aparato fluvial, especialmente de la preservación de las zonas de desagüe y de desbordamiento del mismo con ocasión de crecidas.

Hay áreas de la superficie terrestre especialmente vulnerables a las crecidas de ríos y otros aparatos fluviales menores. Se trata de territorios densamente poblados donde los ríos se han convertido, desde época histórica, en elemento básico para el desarrollo de emplazamientos urbanos y actividades económicas. O, asimismo, áreas donde la existencia de cursos de escasa entidad (arroyos, ramblas, barrancos), de funcionamiento generalmente espasmódico, con caudal muy parco o nulo durante gran parte del año, genera sensaciones de falsa seguridad y favorece el asentamiento en las proximidades de los cauces o, incluso, en los propios cauces.

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