Luis Antonio de Villena
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Me creo un poeta de vocación, pero no lo noté de inmediato. Sí tuve claro, desde mi adolescencia,  que yo quería escribir, que me llamaba la escritura, aunque inicialmente fue el ensayo lo que reclamó más mi atención, alrededor de mis trece/catorce años… Cayó en mis manos una “Mitología griega” divulgativa y la leí, entusiasmado. Me encantaron aquellos dioses que parecían hombres, pero que en todo ponían -como un fulgor- belleza y brillo. Magia. De alguna manera nacía en mí (y no se tome como pedantería) una clara vocación de “sabio”. De hecho, por aquellas fechas soñaba con ser egiptólogo. Algo más tarde (apenas habría cumplido 15 años) leí una biografía de Francesco Petrarca. Como es lógico el biógrafo resaltaba la insigne calidad lírica de sus sonetos, pero hacía hincapié también en otros aspectos que sólo suelen aparecer en biografías o estudios más especializados… Petrarca fue un gran, un insigne humanista, que buscó y halló manuscritos antiguos (algún discurso de Cicerón, por ejemplo) y que además de escribir importantes obras en latín (su célebre “Secretum” verbigracia) estaba tan interesado en aprender griego, que no dudó en viajar al sur de Italia donde le habían dicho -y era verdad- que quedaban aún aldeas grecohablantes, sea como remoto vestigio de la Magna Grecia, o por el más reciente paso de los bizantinos por aquellas latitudes… Yo amaba ese afán de aprender, pero algo surgió en tal afán como complementario. Humanista y sabio como era, Petrarca también había sido poeta, ergo yo debía escribir un soneto, como él hizo. Verdaderamente en mi vida me había visto en tal aprieto. ¿Cómo se hacía un soneto?  Sólo se me ocurrió buscar primero las rimas de cuartetos y tercetos y después ver como (en poema de amor) llenaba las sílabas restantes hasta el endecasílabo. Por fortuna tenía una vecina de mi edad, en verdad guapa, que se llamaba Susana. El nombre (real) importaba mucho, pues en español la rima consonante “ana” es bastante fácil (gana, manzana…) lo que me resolvía algo más de la mitad del invento. Por buena dicha no he conservado ese soneto que debía ser francamente malo. Pero he aquí que, sin darme cuenta, me había hecho poeta -buscando ser sabio- y hasta hoy no lo he dejado. Si debo definir mi obra (muy plural, incluyendo el periodismo) tenderé a decir que es la obra de un poeta. Cocteau hablaba de sus “novelas-poesía”, “cine-poesía”, “dibujo-poesía” etc… A mí me gusta sentirme dentro de una similar atmósfera, donde la poesía lo gobierna todo. Pero, en el tiempo del primer soneto, si ya era poeta, la poesía total y carnalmente (más allá de Petrarca o de Lope, que ya es) aún estaba por llegarme…
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