Ramón Ortíz
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Desde antiguo se conoce que los volcanes presentan signos precursores que en ocasiones son claramente perceptibles por la población. La correcta interpretación de estas señales permitieron la evacuación de la  ciudad de Acrotiris antes de la erupción de la caldera de Thera hace más de 3500 años, así como Pompeya y Ercolano en la erupción del Vesubio del año 79. Sin embargo no siempre estas señales son perceptibles ni mucho menos interpretadas correctamente, así ocurrieron los desastres volcánicos del siglo XX: Mont Pelee en Martinica en 1912, a pesar de las evidencias las autoridades se negaron a evacuar, muriendo 30000 personas, Nevado de Ruiz en Colombia en 1985, repetidos avisos desde Bogotá no fueron comprendidos por las autoridades locales de Armero y mueren 30000 personas en esa localidad y una mala decisión, basada en un informe científico que consideraba que la erupción había terminado, conduce a 2000 muertos en la erupción del Chichon en Mexico en 1982. La experiencia acumulada después de la erupción del Mt. St. Helens (USA, 1980) los desastres del Chichón y Nevado de Ruiz, las erupciones de Pinatubo (Filipinas 1991) y Unzen (Japón 1991), los avances en gestión de crisis derivados de la Década para la Mitigación de los Desastres Naturales de Naciones Unidas y especialmente los Proyectos Europeos para el Riesgo Volcánico, han permitido establecer una estructura clara de gestión, que empieza por separar totalmente lo aspectos técnicos y científicos de los políticos.

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